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Ai i A 1 eR AW LARO que no es el primer personaje de sangre real que pasa apuros; pero los del sultán de Marruecos no son para pasados en silencio. Por regla general, todos los que á la puerta del café estamos desganados ó llevamos prisa ó tenemos el estómago intolerante ¡pobrecillo! ¡siendo él tan bueno! no faltando algunos ¡miserables! que dan por excusa haber tomado Carabaña, como si eso no fuese tomar algo, somos bastante mal mirados y considerados como gentecilla ruin y de poco fuste. Pero hete aquí que h a caído un emperador, compañeros, y u n emperador descendiente de u n profeta. Nada menos que el emperador de Marruecos se encuentra como cualquiera de nosotros, sin una rupia partida por en medio. No os desvanezcáis si no es de necesidad, y compadeced al augusto Porque si la religión de Mahoma no prohibiera la reproducción de la figura humana y las monedas marroquíes ostentaran la efigie del Sultán, éste sería el único que vieía su estampa en las manos de to do el mundo, menos en las suyas, Y diría con muchísima razón: ¡Pues, maldita sea mi estampa! A ésta se a ñ a d e o t r a consideración aún más amarga. El marido y la mujer no pertenecen á l a misma clase social. El marido es proletario, la mujer es burguesa; él es asalariado, ella es rentista; él lo gana, ella lo gasta. E s muy justo, sí, señor, pero apuntemos el hecho. El caso es que la pobrecilla, que tiene un? narido de renta, se cree con perfecto derecho á recibirle, cuando cae la tarde, con las palabras del ángel... del hogar: ¿Traes algo? Palabras grabadas con caracteres de fuego en la iujaginación del marido, y á las cuales contesta orguUosamente esparciendo tres pesetas, y diciendo: -Toma; producto de hora y media de ladrón. -jQué dices? -Que he servido de modelo á un pintor que está haciendo un cuadro de ladrones. O bien contesta metiéndose las manos en los bolsillos y los ojos en el entrecejo, y murmurando: -No traigo más que un humor de mil demonios. Y allí es el llanto y el crujir de dientes, sin cosa alguna entre ellos, que dice la Escritura. Y digo yo: Si u n a mujer recibe al marido á la bayoneta porque no trae dinero, ¿cómo recibirán al sultán de Marruecos suf doscientas mujeres? ¡Vamos! ¿hay un valiente que se atreva á entrar de vacío en el harén de Abd- el- Aziz? F SERRANO DE LA PEDROSA