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Cuando ya regresaba á Sevilla, y casi á las mismas puertas de la población, apareció en el camino y en dirección contraria un hombre en traje del país, montado en una jaca negra con arreos albordonados á lo contrabandista, medio envuelto. en una manta murciana de lana y seda y echado atrás el blanco sombrero de fieltro llevando á la grupa á un chicuelo morenucho, pequeño y desmirriado. Cuando coche y jinete llegaron á corta distancia, detúvose el segundo en medio del camino y, apuntando al cochero con una pistola en cada mano, dio con acento firme y enérgico la voz de ¡alto! á tiempo que el chicuelo se deslizaba de las ancas y con rapidez de ardilla saltaba al pescante y se apoderaba de las riendas, poniendo al pecho del aturdido cochero la punta de un largo y reluciente puñal. Él Sr. Bruna, que venía abstraído, pensando en los múltiples asuntos que ocupaban su atención, sin darse cuenta de lo que ocurría, asomó la cabeza por una de las ventanilllas del coche, preguntando con su habitual tono seco é imperativo: -Sebastián, ¿qné es eso? -A la paz de Dios- -dijo Diego acercando su jaco al carruaje por el lado á que se asomó el Sr. Bruna. -No se moleste usía en preguntar á Sebastián, porque al probé se 1 atragantao una espina y no pué contesta. Aquí estoy yo, Diego Corriente, pa servir á usía y responderle con arreglo á ini corto saber. El regente, á pesar de su valor, serenidad y firmeza de carácter, hizo un movimiento de temor fijándose en las pistolas que Diego tenía aún en las manos. -No s asuste usía- -dijo éste, comprendiendo. el gesto y guardando pausadamente las armas. -Diego Corriente roba á los ricos, socorre á los probes y no mata á naide. A usía lo han engañao si l han dicho otra cosa. Lo que Diego jase, cuando llega er caso, es demostrarle ar Señó der Gran Poé qu está en la Audencia, que él no le teme más que ar Señó der Grau Poé que está en San lyorenzo. -Acabemos- -rugió el Sr. Bruna que recobrada un tanto su entereza, quiso hacer alarde de su altivez y de su, arrogancia. -Empecemos- -replicó el bandido, con calma zumbona y desesperante. -Pos es er caso, señó, q u e traigo desabotonao, por una causaliá, er botín derecho y venía á pedí á usía er favo de que me pusiera esos dieciséis. brochesiyos, que es custión d e sinco minutos j- cosa de bien poco trabajo. El Sr. Bruna, con el rostro encendido y los ojos fijos y relucientes casi fuera de las órbitas, como si sufriera el amago de una congestión, permaneció inmóvil. Diego Corriente, sacando el pie derecho del estribo lo puso pausadamente sobre la portezuela del coche y esperó. Hubo algunos instantes de imponente silencio. El regente de la Audiencia, dominado por la irresistible fuerza de la situación, hizo un supremo esfuerzo, y procurando revestir con cierta dignidad aquella inevitable humillación, fría, serena, reposadamente abrochó el botín, y terminada tan extraña tarea, levantó con altivez la cabeza y clavó en los ojos de Diego Corriente una mirada que hubiera hecho estremecerá hombre menos resuelto y valeroso, -El Señó der Gran Poé le premie á usía la güeña obra- -dijo el bandido retirando el pie de la portezuela del coche y colocándole de nuevo en el estribo. -El Señor del Gran Poder- -replicó el magistrado con voz ronca, tono solemne y marcada iníen ción- -no te olvidará seguramente. A u n a seña de Diego, el desmirriado chicuelo de dos saltos pasó del pescante al sítelo y del suelo á las ancas del jaco que, espoleado por aquel, se alej ó hacia el campo á trote corto, en tanto que el coche del regente volaba hacia Sevilla, porque el cochero, al verse libre, azotó los caballos como si quisiera vengar en ellos el susto recibido ó como Sij temiera un nuevo atentado de consecuencias menos satisfactorias. III Pocos meses después Diego Corriente, abandonado por sus padrinos, encubridores y compañeros, temiendo traiciones y asechanzas, tuvo qne huir solo y desamparado. Vendido por la codicia de una antigua amante, á quien en sus buenos tiempos había regalado espléndidamente, fué detenido en Portugal, entregado á las autoridades españolas, traído á Sevilla y públicamente ajusticiado el 30 de Marzo de 1781. En la tarde de aquel mismo día entraba en la iglesia parroquial de San Lorenzo un caballero, cuyos ojos relucían con un fulgor febril, cuyas pálidas mejillas se coloreaban de vez en cuando, como si del pecho le subieran extrañas llamaradas, cuyos labios se contraían nerviosamente con rudas muecas que no podía fácilmente determinarse si eran sonrisas ó gestos de dolor. Era el Señor del Gran Poder como los sevillanos le llamaban, que iba á prosternarse en el templo y á rogar por el alma de Diego Corriente, y acaso también por la suya, ante l a artística imagen del verdadero Señor del Gran Poder FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ í DIBUJOS DE ESPJ