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Xj STirsr i, f EL BANDIDO G E N E R O S O Y EL SEÑOR DEL GRAN P O D E R TT os audaces y desvergonzados atrevimientos del Pernales, que en Andalucía pretendió imitar las temeI r rarias aventuras de otros famosos bandidos andaluces, teniendo el final trágico que era de esperar, han iL- X evocado recientemente memorias de aquellos tiempos en que por muchas circunstancias eran más fáciles y verosímiles las legendarias hazañas ladronescas cuyo recuerdo se ha conservado y popularizado coa entusiastas panegíricos en dramas y novelas, romances y canciones. I a osadía del Pernales, presentándose en el casino de Puentegenil cuando mayor era la concurrencia en busca de una autoridad que había ofrecido apoderarse de su persona, ha hecho recordar la audacia del Guapo Francisco Esteban, entrando en Granada y presentándose en casa del presidente de la Sala del Crimen, que había jurado con la mayor solemnidad conseguir su captura y exterminio. Preciso es declarar que, e n este punto, ni Francisco Esteban, ni el Pernales, ni bandolero alguno antiguo ni moderno, español ni extraniero llegó adonde el celebérrimo Dtego Corrie? ile, á creer el puntual relato de su más extraordinaria aventura que con otras curiosas noticias de su vida y de su muerte, se conserva en el archivo municipal de Sevilla entre los papeles del antiguo procurador mayor de aquella ciudad, conde de la Mejorada. A mediados del siglo xix, un autor andaluz, D. José M. Gutiérrez de Alba que, por algunos dramas populares y por algunas revistas políticas logró durante algunos años renombre y provecho, llevó á la escena la figura de Diego Corriente, aquer que en Andalusía, por los caminos andaba; er que á los ricos robaba y á los probes socorría pero la imaginación del poeta, fantaseando á su antojo, se apartó bastante de la verdad histórica, que, sin embargo, acaso le ofrecía elementos dramáticos no menos interesantes que los discurridos ó aprovechados por él en su aplaudida obra. La burla grotesca de que en ésta hace víctima á D. Rufo Borrascas, teniéndole sentado en lo alto de una chimenea, con riesgo de tostarse, por lo que D. Rufo, concertándose con el iÍOTío- aa o, logra la perdición de Diego para vengarse, no es ni aun remedo de la terrible burla que hizo á muchó nás seno é importante personaje, causa verdadera de su acelerado, trágico fin, harto distinto del que hace suponer la caprichosa y satisfactoria terminación del drama, con arrepentimiento, indulto y boda. No con el bufonesco y risible tipo de D. Rufo se atrevió Diego para reírse y humillarlo, sino con el impoente nente y poderoso de D. Francisco Bruna, regente de la Audiencia de Sevilla, alcaide del Real Alcázar v magistrado tan severo, temido, enérgico y omnipotente, que los sevillanos, chistosos y oportunos para poner apodos, le llamaban, como al famoso Cristo de Montañés que aún se venera en la parroquia de San Lorenzo, el Señor del Grati Poder. Diego Corriente era paisano de aquel valiente famoso. Afanador el de Utrera, cuyas proezas llevaron también al teatro Luis Belmonte, en la comedia que tituló con el nombre de aquel su protagonista, y D. Cristóbal de Monroy, en la intitulada Las mocedades del duque de Osmta, y por su valor temerario, como por su corazón bondadoso, bien pudo Diego tenerse por digno sucesor de su paisano. D. Francisco Bruna, indignado por la popularidad del bandido, cuyas valentías se cantaban como heroicas hazañas y cuyos rasgos generosos ó humanitarios se ensalzaban como extraordinarias virtudes, y más indignado aún por la impunidad que le aseguraban padrinos y encubridores, había jurado perseguirlo sin descanso hasta lograr imponerle el castigo que merecía. Cuando Diego lo supo juró á su vez con igual arrogancia dar im serio disgusto al endiosado señor, para demostrarle que su poder no era tan grande como indicaba el apode popular. Y una tarde del mes de Abril de 1780 presentósele al audaz bandido la ocasión de hallarse frente á frente con el inflexible y poderoso magistrado. El Sr. Bruna había salido de Sevilla en coche de camino, tirado por tres muías enjaezadas á la calesera, para asuntos concernientes á la alcaidía del Alcázar, y por no estar muy apartada de la ciudad la posesión adonde se dirigía, no cre 5 ó necesario adoptar precauciones para su seguridad personal.