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Q H poderoso animal, el más bello producto de la tierra hispana! Tengo por ti la veneración que me inspira todo lo que es noble, grande, sincero y valeroso. Cuando penetro en la plaza y te veo salir al ruedo veloz como una saeta, me estremezco igual que si una mano misteriosa removiese las fibras de mi corazón. Porque tú eres la expresión viva de lo trágico, el hijo monstruoso de una nación trágica, como ningu. na otra nación trágica, terrible, negra... ¡Cómo tiemblan tus lomos al correr, antes de que nadie te haya herido! ¡Cómo relumbran tus ojos! ¡Cómo alientan tus narices, y cómo te hundes en la gran sensualidad del dolor, de la lucha y de la sangre... Llegas al medio del circo y miras en tu rededor, te afirmas sobre tus fuertes patas y llamas al enemigo; con la cabeza levantada, mirando de frente, retas é insultas á tus enemigos. Pero tus enemigos vacilarTy retroceden, y nadie osa salir á tu encuentro. Los caballos tiemblan miserablemente, pegados á la barrera, volviendo sus ojos tristes hacia la muchedumbre; los toreros, los veloces y cautos toreros se hacinan también junto á la barrera recelosos y llenos de pavor, y allá arriba, en las anchas graderías, la multitud siente que u n soplo de terror pasa sobre- los corazones. Y tú- r aguardas, retando á v; todos, b u s c a n d o á ¡éi r quién herir. Entonces te me apareces como la suprema representación de 1 la v a l e n t í a y de la fuerza; entonces me siento cobarde entre la multitud cobarde, entre la multitud de hombres y m u j e r e s que acuden á verte ¡á ti, el ser más grande, d e s p u é s del torero, que ha c r e a d o E s paña... Pei- o ya las capas se extienden ante tus ojos; los veloces toreros corren hacia ti, incitándote; tú arremetes á ellos, agachas la cabeza y b u s c a s al e n e m i g o entre tus cuernos. Pero tus cuernos hieren el aire, tus cuernos sólo hallan un pairo pintado que te c i e g a y que te burla. ¡Cuan grande es tu rabia! ¡Con qué ira saltas y corres, desesp e r a d o por, aquella mofa de tus enemigos! Quieres tropezar con algo sólido y íucrtc que se oponga á tu fiereza, algo que te iiiera -que tú puedas deS truir; pero cu ano. J- os loteros huyen, te sortean y te engañan. Hasta que tropiezas con u n caballo... ¡Ahora sí que puedes herir y luchar! Ya encontraste un enemigo que te aguarda sin huir, un enemigo vo luminoso y consistente, y encuentras también el hierro que te raja la carne y que te encoleriza más y niáí. Tú no mides la calidad ni el volumen de tu adversario; se te presenta enorme y amenazador, con la lanza aguda a. puntada contra ti; t ú embistes sin titubear. Cuanto más se obstina éste en herirte, más hieres tú, más te ciegas, más profundizas tus cuernos en el vientre de tu rival; y. cuando el enemigo cae en la arena, tú te vuelves al centro de la, plaza y llevas tus armas chorreando sangre, semejante á un triunfador guerrero. Todos corren, todos acuden á ti para envolverte y dominarte. Los caballos ruedan á tus píes ürio tras otro; los toreros te hostigan y te alejan de la presa; todos contra t i y tú contra todos, en el circo no- haj un ser que no tiemble cuando tú jDasas. Y la muchedumbre clama entretanto enardecida por la sangre. ¡Yo te admiro, sublime toro! Eres la víctima que se ofrece en sacrificio para que un pueblo entero goce el placer de los placeres, que es el ver. correr la- sangre. A semejanza de aquellos dioses perversos d a l a antigüedad oriental que pedían eí holocaus to de víctimas tiernas, el pueblo pide, tu sacrificio, y tú te entregas, víctima valerosa, en holocausto á ese dios, moderno de lo.ooo cabezas que ama la sangre. Y sin lanzar una queja, tal vez sin mugir, mudo y solemne desde el principio, t u frente, embiste á todo cuanto se le opone; tu cuerpo queda. chorreando sangre, palos agudos cuelgan de tu cuello. Por último, acudes á la espada delmatador, embisfes hasta el fin y caes de frente, sin proferir u n a queja; aún nojcontento. s, tus enemigos se agachan cuando caíste y allí te rematan impunemente... Tú doblas, la cabeza y, mueres. La muchedumÍDre, el, monstruo trágico de lo.ooo cabezas, es feliz, y un grito de entusiasmosuena en la plaza. Y los rostros ríen, las mujeres chillan y ríen, los hombres beben. Las músicas rasgan; el aire gozosairrenete. Entonces, ál verte arrastrado por la arena, muerto, sacrificado en un estúpido holocaústo. mi coraz. ón se llena de piedad por ti. Entonces es cuaíido la multitud se me aprrece como un monstruo trágico y devorador que padece una sed bestial, una loca y sorprendente sed de víctimas, de cadáveres, de sangre, de crueldad. Entonces es cuando en el fondo de mi corazón cae una lágrima para ti. Para ti, ¡oh toro! el ser más fuerte, más noble, más valeroso, más ingenuo, de esta ancha y negra y trágica tierra hispana... J. M, a SALAVERRIA üic: i o DC 7. EDINA VU A KXv T o n o