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No soy como los demás hombres- -repetíase á cada momento; -soy un pobre de espíritu, un incompleto si cualquiera de mis amigos supiese lo que me ocurre, se burlaría de mí. Al cabo, cayó en la cuenta de lo que debía hacer. Los jugaré -pensó. E. sto, en su lugar, lo hubiera hecho cualquiera otro hombre; se trataba, por tanto, de afirmar su personalidad por una acción genuínamente varonil. Con este pensamiento Higinio Paz: se dirigió á cierto casino adonde sus camaradas de universidad habían pretendido inútilmente arrastrarle otras veces. La esperanza vehemoote que allí le llevaba era la de perder, para descansar, p a r a r- ecobrar el blando sosiego de- sus días pobres. Cuando penetró en la sala de juego, acometióle ese vago temor que acompaña á las accionss prohibidas. Alrededor de una larga mesa, cubierta por un tapete de pañete verde, agrupábanse más de cuarenta individuos, mudos y pálidos. Un croupier barajaba tranquilamente, y bajo la clara luz de los dos focos eléctricos que ardían en el comedio I del aposento, sus manos ágiles y blancas, preten- ciosamente e n j o y a d a s tenían apariencias de garra. En el silencio crujía el papel de los billetes de Ban chocaban sobre el terso tapet Higinio Paz, que conocía de aquel juego, alargó una u Van- -dijo- -doscientas pe La inseguridad de su voz empezó á tirar la ansiedad convulsionaba los labioséenla lividez de los semblantes; un espíritu desesperado parecía aletear sobre la mesa. Higinio permanecía sereno deseando perder para sentirse libre y marcharse. Pero la suerte no quiso socorrerle: ganó. Al hallarse en posesión de aquellos ochenta duros, sus tribulaciones renacieron, sus zozobras aumentaronera aquella una sonrisa de la fortuna que no esperaba. ¡Juego! -exclamó el estudiante. Y puso á im cinco de espadas aquellas cuatrocientas pesetas que ni siquiera había intentado llevarse al bolsillo, i i r o el banquero, y Paz tornó á ganar, y fuera de sí continuó doblando las posturas y s a n a n d o siempre. Viéndole tan afortunado, algunos jugadores perdidosos fijaron en él una mirada aviesa. El mismo banquero, tan avezado a los vaivenes icarios de la suerte, mostrábase sorprendido. Por su parte, Higinio Paz estaba aterrado. ¿Qué iba á hacer con tanto dinero? Sus ojos ardían, un copiosísimo sudor dé angustia bañaba su frente; un vértigo raro le acometía quemándole las mejillas, oprimiéndole la garganta y las sienes El vértigo que deben de experimentar los hombres de üresa cuando vislumbran en el fondo del ne -ocio que emprenden un inmenso caudal. Higinio Paz acababa de jugar seis mil cuatrocientas pesetas á una sota. Todo -repuso el estudiante ahogándose. Tiró el banquero y llegó la contraria un rey. Pliginio había perdido. Entonces, bajo las miradas atónitas de los jugadores, Higinio Paz dio media vuelta y salió del salón sonriendo. Una penetrante sensación de sosiego le invadía. No llevaba dinero; lo había perdido todo. Era libre- -Reconozcan ustedes- -concluyó enfáticamente el marqués- -que un homiaVe aVí ésVabá prédVstÍñádo á ser toda su vida una vulgaridad. EDUARDO Z A M A C O I S DIBUJOS DE MÉNDEZ BTÍ 1 NG 4