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Todos caüabaa suspensa su curiosidad del narrador que, con aire mesurado, confiado y suficiente, p r o s i g u i ó de esta manera: -Por a q u e l l a época Higinio Paz residía en Madrid, donde cursaba con sobresaliente aprovechamiento la facultad de Derecho, y todos los días p r i m e r o s de cada mes su padre le enviaba cuarenta duros que bastaban con exceso á cubrir las exiguas necesidades del estudiante. Era ésteiá la sazón un mozo de veinticinco años, recio y sobrado de estatura, y á quien, sus trajes negros, correctos, pero sin elegancia, su rostro afeitado, la expresión inteligente y melancólica de sus largos ojos azules y cierta mesura vergonzosa de ademanes daban aspecto de seminarista. Higinio no era enamoradizo ni amiguero; pas á b a l o s días entre el salón de la Biblioteca y las aiilas de la Universidad; por las noches frecuentaba los cafés, de donde se retiraba temprano, antes de las once, para tener tiempo de estudiar sus lecciones del día si í K i j aí ÍÉ 53 jjafe: É 5 H guíente; los sábados iba S? í r j f í i. S B al teatro. Nunca sintió necesidad de mercar un chaleco caprichoso ó una corbata bonita; las joyas tampoco rendían su aten ción ni envidió j a m á s á los pisaverdes de su edad que compraban a n u a l mente dos ó tres trajes para cada estación. Su espíritu sencillo, enemigo del lujo, no comprendía las tenffv. taciones de lamoda, ni el encanto de los muebles fastuosos, ni la gracia de esos artísticos cachivaches que llenan los bazares. Ante sus ojos candidos el mundo era algo temible y profundo como un mar. Sin pecar de huraño aterrábale la probabilidad de ser presentado en una casa desconocida, pues su timidez era tal, que no sabía saludar, ni despedirse ni decir frase con oportunidad ni sindéresis. De este modo su alma, toda su pobre alma esquiva, concluyó por no hallarse á gusto más que entre dos páginas de un libro. Cuando iba por la calle absorto en sus reflexiones y caminando con mesurados pies, muchos curiosos volvían la cabeza para atisbar la tristeza apacible de aquella juventud. Era uno de esos tipos raros que todos recordamos haber visto frecuentemente á la conclusión de algún largo paseo, y siempre solos. Unos Carnavales la casualidad quisD que un billete de L. otería en que Higinio Paz, por complacer á s u patrona, llevaba parte, saliese premiado con cuati o mil reales, de los cuales correspondieron al estudiante doscientas pesetas. Al sentirse en posesión de aquel tesoro, Pliginio sufrió una turbación inexpresable. ¿Qué hago con estopase decía, y su candor de hombre- niño no hallaba respuesta. No sentía deseos de comprar ropas ni de adquirir libros que podía hojear en la Biblioteca, y menos de entrometerse en andanzas galantes, más costosas por el tiempo precioso que en ellas se emplea que por el dinero que cuestan. Y el inocente se preguntaba: ¿Entonces para qué sirve el dinero? angustia de sus perplejidades crecía, considerando que el dinero es algo preexcelente y útilísimo cuando los hombres tanto se hieren y maltratan por él, y declarábase menguado é inferior á sus semejantes cuando no sabía disfrutar de aquello en que cualquiera se hubiese recreado y complacido. Es innegable que el dinero determina en nosotros emociones peculiares, características, que atañen principalmente al llamado sentido de la propiedad Higinio Paz carecía de ese instinto ó facultad; ni el lujo ni lo superíluo existían para él, y una vez satisfechas sus parcas necesidades estudiantiles, su espíritu se adormecía en el apagamiento beatífico de todo deseo que no fuese el del estudio. Varios días anduvo pensativo, malhumorado, bajo el peso de aquellos cuarenta duros que le embarazaban como un remordimiento.