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UN E N S U E Ñ O EN EL CASINO EME aquí delante de una mesa de caballitos en el Casino de San Sebastián. Y vedme enfrente de un problema dificilísimo. ¿Jugaré? ¿No jugaré... Por una peseta me devuelven i6, por i6 pesetas me devuelven 256, y por 256 pesetas... ¿Qué liaré? Por último, una decisión fuerte y varonil ha esparcido mis escrúpulos; mis dedos han sacado del bolsillo una peseta, y la peseta cae sobre al número 5, Y tan pronto como la he dtejadó caer, mi corazón tiembla, y mi fantasía, loca y veloz como siempre, ha comenzado á remontarse. Si este número 5 me fuese fiel, ¿cuánto dinero me entregarían? Me entregarían 16 pesetas. Pero si el número volviese á serme fiel, las pesetas se multiplicarían, y éstas á su vez se multiplicarían, jr las otras, y las otras... Una voz dice á mi lado: -Mañana llega mi Fmt cuarenta caballos; saldré para Biarritz y luego subiré hasta París. No he terminado de oir la frase, cuando mi imaginación se remonta velozmente y me lleva lejos, muy lejos. Con lo qtie aquí ganase compraría un automóvil, y e, o el automóvil iría á Biarritz, luego á Berlín, luego á Noruega, luego á... -De aquí á unos días- -oigo que hablan tras de mí, -de aquí á unos días embarcaré en mi balandro Imi- fru... Y mi imaginación contesta: Mt compraré un balandro de grandes velas blancas, de casco ligero, de gracioso andar, y surcaré los mares azules, navegaré á lo largo de las playas, llegaré á los puertos remotos... Pero una voz femenina exclama de pronto: -La marquesita, ¿sabes? en el otoño se casa con Arturo... También yo me casaré con una marquesita, prorrumpe mi imaginación resueltamente; vendrán las marquesitas en torno mío, me mirarán con sus ojos negros ó azules, y yo escogeré la marquesita más linda y más blanca y más sonriente... ¡Ah! ¡La bola ha saltado ya al ruedo! ¡Pronto caerá en alguno de los surcos, señalando un número! ¿Será el mío... ¡Ah! ¡La bola salta de un lado á otro, está indecisa, tiembla, Me vuelvo á mirar la gente con una angustia mortal, y veo en torno mío muchos rostros callados, poseídos de una angustia igual á la mía: rostros femeninos, ojos negros y azules que miran con disimulado afán, labios entreabiertos, espesos cabellos que caen sobre las delicadas frentes con un gesto de pueril severidad. Una cabecita femenina, una bellísima cabecita rubia se asoma por encima de mi hombro; tiene unos ojos obscuros que miran anhelantes, y por bajo de los sedosos rizos se dibuja un pescuezo sonrosado, y más abajo un seno firme. Y de repente sueñarni imaginación: Si viene la fortuna, si llegan las redondas monedas, yo compraré un collar lindísimo y grande y rodearé este desnudo cuello con cuatro vueltas de perlas... Pero en este punto, rompiendo brutalmente con todos mis sueños, la voz del croupier, la voz de aquel hombre enlutado, de aquel hombre fatal, ha dicho autoritariamente: -J 31 diez, azul... Entonces he sentido que una montaña grandísima caía sobre mi alma y aplastaba mis sueños. Entonces la cabecita rubia ha desaparecido, y lejos, riéndose de mi loca ambición, los automóviles, los balandros, las marquesitas, todos han emprendido una larga carrera hacia mundos que yo nunca visitaré. Llegaba entretanto desde la terraza el rumor de la música; un violín, con su voz aguda, se quejaba de no sé qué desengaños recónditos; y un violoncello, de pronto, levantó su voz quejumbrosa y comenzó á cantar un motivo de inmensa, trágica, humana desesperación. J. M. a SALAVE. ÍRl. DIB rjO DTÍ XAUDARÓ