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ban las brujas y no ptidieron atarle con ningún conjuro. No paró hasta meterse en un lugar escondido en la aspereza de la sierra fronteriza. Allí estuvo ocioso por no denunciarse. Mas he aquí que una noche tan clara y serena venían por los aires alborotando seis brujas extremeñas, cantando á coro el conocido cantar: íDo 5 somos de Zafra, tres de Alburquerque. y la capitanita de ValdefuentC 3. Y al pasar sobre el lugar, dijo la capitanita: ¿No es aquel Martinillo el de Jálama? -Martinito es, que se acuiTuca en un tejado. -Bajemos por él y démosle una zurra para que no se escape. me. Yo haré pacto de servirte j te sanaré de esa cojera para que halles marido. De un brinco levantóse Marigutierre é hizo lo que el duende quería, con lo que las brujas no pudieron llegar y se contentaron con decir mil insolencias. Martinito, todavía muy turbado del susto, dijo á la coja que le atase tres cabellos al brazo izquierdo y quedaría á su cabal servicio sin poder excusarse. -Esto del servir- -pensaba á poco el duende- -debe ser como salir de Málaga y entrar en Malagón. La coja Marigutierre, cuando se vio asistida, echó una pereza y un genio c ue al pobre Martinito traían á maltraer. Echó además novio, que fué el mozo de muía de un médico de la vecindad, y como las noches de viernes la coja tenía que cerner, amasar y cocer la hornada, por pasar las horas en parla amorosa con su galán, decía: f, e -i- de Jálama, liijo del sapo; sube en la artesa y toma el cedazo. nf rr El duende, que se vio perdido, corrió como estrella agostiza y entróse en la primera casa donde tenían una escoba hacia arriba y una cruz de Caravaca. Despertó á Marigutierre la coja, que dormía con tanta boca abierta que le cabría un membrillo, y díjole: -Echa un puñado de sal en esa escoba y mete la cruz en la chimenea, que vienen seis fieras á repelar- Y hasta romper el día estaba el infeliz dale que le das al cedazo, á la masa y al horno, apremiado del pacto y de cien conjuros. Ideó una treta, y fué meter una espina debajo del rabo á la muía del médico y desatarla para que saltase dolorida por el corral cada noche de amasijo. Con esto despertaba el doctor alborotado llamando á grandes voces al ladrón del mozo y jurando que le había de aserrar las piernas como él sabía hacerlo por su I- rfl oficio. Con estos sobresaltos y vociferaciones se cortaba el coloquio, con lo que Marigutierre estaba á punto de estallar. Gomó las cosas repetidas pierden su fuerza, y es con dición humana acostumbrarse á todo, llegó el médico á no despertar por muchos corcovos y bufidos que diese su muía. Y entonces tuvo Martinito que clavar dos espinas: una en la bestia para que alborotara, otra en análogo sitio al doctor para que colérico despertase. -Por fuerza que este aniI mal está embrujado- -decía el médico, -pues sólo en las no; ches de viernes hace estos I alborotos. i Marigutierre muy sospeI chosa, decía á Martinito: í- -Mira que como sean bellaquerías tuyas, te echo en el horno. Pensando en esta amenaza halló Martinito su libertad; no hay más sino meter el brazo... Y lo metió en el fuego, y los tres cabellos de la coja ardieron como crines, con lo que, á costa ae un oravo chamuscón, Martinito fué dueño de su persona. No se paró á tomar venganza, sino que á toda prisa y volviendo la cara atrás, fuese á un lugar comarcano. A la entrada de él halló un viejo lloroso que tenía una buena soga en las manos. ¿Qué se hace, buen hombre? -D o que hago es que me voy á ahorcar. -No ht y que ser tan ejecutivo. ¿Por qué te ahorcas? m