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cu SU corazón; á ellos y á Finlandia salvadal Y en efecto, le parecía contemplar la casita, junto al bosque, linda y coquetona, ¡tan bien dispuesta para la dulce y tranquila vida del hogar! El día délas bodas, la señora de Rynberg se despertó al alba, sonriente y satisfecha. Era en pleno verano. La jornada radiaba luz y calor. ¿Por qué no habían ellos de gozar allá lejos de igual ventura? Rezó largamente una plegaria muy larga, cántico de su alma pura, en la que perdonaba á la mala suerte, á los parisienses, á todos... cuanto había sufrido, y reconocía la infinita bondad del Creador... Todavía rezaba cuando la florista entró tra. yendo un manojo de rosas que había encargado el día antes. inmediatamente la pobre mujer dispuso las dos fotografías de Erik y de Edwige, frente á frente, entre dos marcos de rosas, rosas Victoria, escogidas por su nombre y su símbolo, y á derecha é izquierda, adornados cada uno con una rosa, los retratos de los cinco hermanos y del padre muerto... Contempló conmovida el singular cortejo, que conmovía las fibras de su alma enternecida, 3 lentamente vistióse su único traje de ceremonia, una hermosa falda de seda negra y u n a toca que encuadraba coquetonamente su rostro, acariciado por los cabellos blancos. Redactó un telegrama que llevó ella misma á la oficina próxima, y se dirigió á una iglesia, en donde sabía que se iba á celebrar una gran boda. Y allí, sentadita en un rincón, envuelta en la penumbra, asistió, ó mejor dicho, escuchó los suaves sonidos del órgano y los cánticos de ritual. Aunque era protestante, durante su destierro se había enamorado del Dios de los católicos, porque su amor le parecía más profundo y su verbo más ardiente. Sobre los acordes, estremecidos del órgano, sobre los cánticos del coro, flotaba su ternura y su fe. Ea poesía entera dé su vida de sacrificios y de abnegación, que desde el fondo de su alma también cantaba, á su modo, la glpria y el triunfo de sus hijos... Mucho después de quedar desierta la iglesia, salió, extenuada, rendida de su éxtasis satisfecho. Era tarde. Almorzó, y después, despacito, paseó por París. Sus pies ligeros sobre el duro pavimento, parecían llevarla en volandas, suavemente... De pronto, una voz que pronunciaba palabras en puro finlandés, resonó en sus oídos: -Buenos días, señora Rynberg. L e v a n t ó l a cabeza, pero sus ojos, bañados en lágrimas, no pudieron reconocer al interlocutor, que se vio precisado á añadir su nombre. Era un compatriota. -Perdone usted- -le dijo ella simplemente, -pero, hoy se casa mi hijo con Edwige... -y con su blanca manecita señaló en el espacio un punto allá á lo lejos. Su compatriota sonrió, estrechándola una mano, mientras decía: -Eo comprendo... y felicito á usted con todo mi corazón. Y se alejó, dejándola abandonada á s u llanto dichoso. Nada faltaba ya á su fiesta. Su felicidad había tenido ¡hasta un testigo! que la felicitaba, y así creía oír otras tantas enhorabuenas que pronunciaban otras voces lejanas y amigas. A la hora de comer se dirigió á su bonillon habitual. Compuso una minuta ligera, delicada, y en los postres pidió á la sorprendida camarera media botella de champagne, y entonces, con los ojos entornados y á sorbitos, en la soledad del restaurant, vacío ya, bebió á la salud de ellos. A la de Erick, á la de Edwige, á la de los cinco hermanitos, á la de los amigos, á la de todos. Cada uno tuvo su brindis, y todos la contestaban desde allá lejos... Ea larga mesa finlandesa resplandecía entre las luces, éntrelos gritos jubilosos y las risas... Cantaban. ¡Cantaban á la patria! ¡Cantaban á la felicidad... Hasta que la pobre mujer, cuya cabeza vacilaba, comprendió que debía irse á acostar, y así lo hizo. Al día siguiente se levantó, como siempre, á las seis, con unaligera jaqueca. Dispuso el desayuno, se endosó su traje de diario y salió. Antes de subir al ómnibus, compró un periódico que desdobló y comenzó á leer buscando el epígrafe En el extranjero Allí solía encontrar noticias de los suyos... De pronto, el periódica se deslizó al suelo y la viejecita cayó hacia adelante. Ea Ultima hora contenía el siguiente telegrama; Helsingfors. Anteayer se ha desarrollado una terrible tragedia. Un vapor chocó contra una barca, cuyos pasajeros perecieron ahogados. Entre ellos iban dos prometidos que debían casarse al día siguiente, y su familia. Ea barca partida en dos... Ea pobre mujer había leído el telegrama entero, hasta el final, sin que ni un solo gemido brotase de su garganta ni una lágrima de sus ojos, y había caído muerta. Sólo ella había vivido el último día de felicidad... JULIO C A S E íl rtv- s,