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yt. f 3 Jt EL ULTIMO DÍA DE FELICIDAD A señora de Rynberg- había venido á establecerse en París á causa de reveses de fortuna. Casada en su país, en Finlandia, con un gran médico, allí había vivido largos años de prosperidad feliz, siendo esposa amada, dueña de una casa encantadora y madre de seis hijos rubios y fuertes. Cuando el mayor iba á cumplir dieciséis años, murió repentinamente su padre, dejando sus asuntos embrollados y un atraso de deudas considerable. Una ruina. La viuda no sabía qué hacer. Costábale trabajo permanecer en Helsingfors, en donde había sido rica. Lo poco que le quedaba podía asegurarla educación de los niños, délos cuales no rehusarían encargarse algunos parientes. Ln cuanto á ella, tentaría fortuna en otra parte. Era joven a ú n t r e i n t a y seis años, -bonita, esbelta, fina, de aire aristocrático. Sabía hacer muchas cosas: cuidar una casa, edticar y amar niños, rec e n t a r un establecimiento; hablaba alemán, inglés y francés, poseía extensos conocimientos médicos y podía servir de enfermera. Con todo ello, una mujercita valiente, vaya donde vaya, puede salir del apuro. ¿Pero, adonde ir? A París, naturalmente. A París, villa de ensueño y esperanza. Villa polar, hacia la cual todos los desesperados del mundo enderezan la proa de sus barcos en peligro. Y allí fué en pleno luto. Y allí encontró numerosos extranjeros y parisienses amables, á quienes la valerosa mujer habló de su Finlandia y de sus penas. Durante más de diez años recorrió París, subió escaleras sin fin, llamó á mil puertas, aprendió todas las líneas de ómnibus y tranvías y las calles de travesía que acortan los minutos para ir de prisa. Despierta á las seis de la mañana, volvía de noche á su cuartito amueblado, que, aunque barato, estaba en buen sitio. Enseñó un poco de idiomas extranjeros á niños torpes. Dirigió algunas casas de solterones ricos, que tuvo que abandonar á causa de su grosería. Abrió un the que visitaron algunos compatriotas, pero que tuvo que cerrar. Asistió a g r a n d e s señoras en sus enfermedades nerviosas, y en este eterno trajín de inútiles esfuerzos, agotó lo que le restaba de juventud. Sin amigos, sin relaciones, siempre sola, conoció la dureza del empedrado parisiense, la indiferencia de nuestra amabilidad y la rugosa sequía de nuestros corazones, en donde sólo las ideas son generosas. Poco á poco fueron ensombreciéndose los días. Al infortunio de la desterrada añadiéronse súbitamente las desgracias de la querida patria. ¡La Finlandia sublevada, oprimida, desposeída de su Constitución y de su Senado! ¡El país devastado por el terror! ¡La ruina de los negocios! ¡Los antiguos amigos perseguidos ó emigrados! ¡El ejército nacional disuelto... Ei ik, el hijo mayor, nombrado ingeniero de montes al salir de la escuela, ¡destituido, sin. porvenir! Los demás hermanos, peor todavía, y sobre todo ello, el gruñido popular, sordo, amenazador, las conjuras y el vago temor de la alevosa bomba... Al recibir todas estas tremendas noticias, sintió la pobre mujer. el frío de la muerte presintiendo que París sería su sepultura. En pocas semanas, la vejez caj ó sobre ella, abatiéndola sin transición, emblanqueciendo sus cabellos, adelgazando su cuerpo y entibiando su valor. Así transcurrieron algunos años más. La señora de Rynberg, que continuaba trotando por las calles, aunque n o tenia más de cinctienta años, parecía. una viejecita. Y aun cuando no esperaba ninguna alegría, llegó ésta envuelta en sucesivas noticias: Finlandia, fuerte y serena, había resistido el traqueteo de la honda crisis y recobraba su tranquilidad. Erik iba á ser nombrado director de una fábrica, alojándose en una linda casita junto al lindero de un bosque y... ¡ocho días después se casaba con Edwige, su prometida... Los vecinos de la desterrada oyeron una alegre risa, aguda, trinadora, como el canto de un pájaro, como el delirio de una niña ante un regalo tan magnífico, tan inesperado, que la enloqueciese. La pobre viejecita había remontado la cuesta de su calvario en las tinieblas, y de pronto la cima se iluminaba. ¡Ah! ¿Qué importaba la distancia y que ella no pudies. e asistir a l a b a d a de sus hijos? ¡Bah! ¡Los llevaba