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los marineros, unos por seducción de la anarquía, siempre grata á los inferiores, otros por miedo, que también el miedo a la muchedumbre suele hacer revolucionarios. ü n estruendoso ¡viva la anarquía! hizo retemblar la cubierta, mientras abajo, juntándose en coro iniernal, ia cjuiUa retemblaba también á los rugidos de las anárquicas olas. I, a anarquía del hombre desmandado quedo por señora del barco. Y la anarquía del mar libre quedó á su vez por señora del barco y de los embarcados. ij El temporal se los llevaba, á veces al abismo abierto en la concavidad espantable; á veces al cielo montando el buque en las crestas espumosas, y siempre ignorado el rumbo y perdido en un minuto lo que se andaba en una hora. Necesitábase gobernar, dirigir, y nadie sabía de ciencia marina. La tripulación baia üabil p ara faenas mecánicas, podía izar las velas, encender los fuegos y aun manejar el timón. El barco sé movería, pero moverse no es progresar. Nadie conocía las cartas ni el secreto de la brújula que había de guiarlos al puerto. Los mas sensatos echaron de menos á los jefes y quisieran resucitados para devolveries el mando. I ero la muerte no se arrepiente como los hombres; es ia única verdadera anarquista- ni conoce ierarquias ni devuelve la autoridad á quien la quitó con la vida. f f. vagaron días y días hasta que el azar acostó la nave á una isla muy negra, muy silenciosa y muy íortiticada. Era la isla donde los absolutistas se habían instalado también parg, practicar su sistema puro y sin. mancha de populachería ni estorbo de Constituciones. El monarca de aquel territorio ofreció hospitalidad perpetua á los arribados, mirando ai aumento de la población, cosa á que siempre atendió mucho el absolutismo para tener más vasallos á quienes? dominar. I- -Coii gusto aceptaremos vuestro territorio; cualquiera es bueno y nos sirve para establecer libremente nuestro sistema político. ¡Ah! ¿traéis vuestro sistema de gobierno? preguntó algo extrañado el monarca. -De gobierno, no; sistema de vivir. Precisai mente veníamos huyendo de todo gobierno: no jet lo consienten nuestras doctrinas, -Pues venís á mala parte con doctrinas; aquí no hay otras sino las que Yo defino y establezco al levantarme cada mañana, y á veces suelo muiv. darlas al mediodía. -Perfectamente: esa es nuestra doctrina, cada uno sea su propio gobernante como lo sois vosotros. Ya vemos que ser monarca absoluto es ser anarquista práctico. -Sólo que aquí no consentimos más que un anarquista, Mi Majestad. Y vosotros queréis todos ser majestades, y son muchas para la paz. Acá no hay más que un hombre que se gobierne a sí mismo: Yo. ¿Y los demás? -Los gobierno Yo. Y acentuaba el Yo con tal fuerza, que se percibía claramente la mayúscula ji -mayestática del pronombre. -Pero, ¿y la dignidad? -Aquí no hay más dignidad- -advirtió servilinente un cortesano- -que la de servir fielmente al Señor. Eso es lo digno. ¿Y la libertad? -No hay más libertad que la de someterse ó irse con esas músicas á otra parte. Y todo lo que haremos, por caridad, es daros víveres si los pagáis, y un capitán que os lleve á la isla deseada. -El capitán, ¿tomará el mando del buque? -El mando absoluto, naturalmente. -Lo rechaza nuestra conciencia. -Pues idos con Dios y con vuestra conciencia, y ellos os guíen, que la fuerza material de que disponéis no os valdrá contra el mar: el mar es más fuerte. -Nos guiará la ciencia; nos instruiremos para llegar á puerto. -Entonces seréis tan intelectuales como los que aborrecéis ahora, y tan capitanes como el que habéis asesinado. Y el problema seguirá en pie. Id, pues, escogiendo quien de entre vosotros haya de ser el capitán muerto cuando vengan detrás para sucederos los otros anarquistas vivos. El barco zarpó con rumbo desconocido. Anduvo dando bordadas involuntarias ah- ededor de la isla, sin lograr salir de sus aguas, hasta que ocho días aespues fue hallado deshecho y medio hundido en un arrecife de la costa. Aparecieron los cadáveres de los? o m Í t a r o n t tiros. ¿s l s u i c i d ó S i s o s T c a p i t á i l y. Los muertos guardan los secretos á su hermana la muerte. tóáií EUGENIO SELLES DIBUJOS r E MÉNDEZ B INGA