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sus mujeres é liijos, y por tripulación unos 20 marineros, á más de los oficiales, todos al mando del capitán, navegante experto, seco de carnes y de palabras, torvo de ceño y adusto de carácter, como conviene á quien lleva sobre sí el peso y responsabilidad de una nave, que tanto puede ser cuna de esperanzas, mecida blandamente y arrullada por las olas, como flotante ataúd de las muchas vidas guardadas entre cuatro tablones fiados á la furia de la tempestad. Navegaron el primer día on buen tiempo y mar bella, con lo cual hubo orden en el pasaje, no obstante su exaltado espíritu de rebeldía, porque ias exaltaciones ceden á la bienandanza y se exacerban en las r, -adversidades. En el organisü nio social, como en el físico, V el reposo es compañero del bienestar. Solamente á la hora de la comida se advirtió cierto rebullicio entre los que, en uso de su soberana libertad individual, se negaban á comer á son de campana, unos por ser temprano, otros por i ser tarde para sus costumbres. Puestos en el trance de comer á aquella hora ó no comer hasta la mañana siguiente, los anarquistas sesosegaron, porque el hambre les convenció pronto de que aprovecha más emplear la boca en masticar que en discutir, y en morder la vianda que en morder á la autoridad. Pero vino el coautor activo de la anarquía, el malestar, que también en todo organismo, así social como físico, estremece los nervios y agita las manos. Saltó un mal viento, se encresparon las aguas, y gateando por las bordas se metieron en la cubierta del barco. El capitán, temiendo por el pasaje, mandó recogerlo en las cámaras y cerrar después las escotillas. ¿Qué es eso de encerrarnos? -objetó un pasajero. ¿Por qué? -Aquí estáis en peligro de ser arrastrados por un golpe de mar- -contestó el capitán. -Enciérrense volunrariamente los asustadizos. I os demás permaneceremos donde queramos. -Donde yo quiera. Estoy obligado á la salvación de todos. ¡Ya pareció la salvación! ¡El pretexto de la tiranía! La salvación del barco, pretexto para encerrar á ios pasajeros; la salvación de la sociedad, pretexto para encarcelar á los ciudadanos. -Sálvese el que pueda, es- 5 W el grito del miedo- -añadió otro anarquista; -sálvese el que quiera, es la fórmula de la libertad, y tengo la de morir cuando me plazca. M e n o s ahora, porque respondo del barco y mando en él. Y quien se niegue á bajar á la cámara, bajará atado á la bodega. Haya obediencia ó la impondré. -El hombre digno no conoce autoridad, si no es la de sí mismo sobre sí mismo. -La autoridad ajena es abuso de quien la ejerce, y afrenta de quien la sufre. ¿Y cómo un barco, que es ahora trono donde va toda la dignidad humana, que no es otra sino el anarquismo, ha de convertirse en depósito de esclavos, encerrados en la bodega como carga de bueyes? ¿Emigramos para esta ignominia? ¡Mal camino para fundar la patria de la libertad humana! Estos vivos razonamientos con que unos y otros se ayudaban, apoyados además con los gestos y adema, nes de los que callaban, encendieron como- chispazos eléctricos á l o s anarquistas. Y rodaron por entre la multitud esos rumores que son la voz inarticulada de los pensamientos unánimes, rumores que luego se concretan en gritos precursores del motín y gritos que despiertan á los brazos. Y provocada por el mismo capitán, que intentó imponer su autoridad por las armas, la tormenta estalló en fos espíritus como había estallado en el mar. lyanzóse el pasaje contra todo lo que era autoridad. Cayeron el capitán herido y los oficiales al agua, arrojados á ella por los rebeldes. Con éstos se unieron sin resistencia