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Csa is é S- -í- Cy de o? 7 a, hojas de maíz seco, con las cuales rellenrn en X y J el país los jergones. Aguardó paciente hasta que la respiración Igual y dulce de las criaturas le indicó que- -por una hora, al menos, no necesitaban vigilancia: rebañó el puchero de las sopas, y despacio, hundidas las manos, á falta de bolsillos, en la cintura del astroso pantalón, se metió por los sembrados hacia el hórreo de la señora Eufemia, detrás del cual se extiende la linde del bosque del castillo de Castro. Bajo la bóveda de los castaños centenarios, las vigas magníficas que se yerguen á alturas de muchos metros, sobre el musgo enjuto y velloso y la delicada hierbecilla anémica que crece al sonibrizo del follaje, Cirilo se tiende para continuar soñando... Su padre llega; viene jinete en un potro fiero, arrogante, haciendo corvetas y manejando un sable relucidor; le coge á él, á Cirilo, y le aupa al mismo caballo, y allí le aprieta contra su pecho, y le incrusta en la carne los bordados del gran uniforme, el metal d é l a s condecoraciones... Cirilo, herido, magullado, venturoso, suspira y se despierta... Porque realmente era que se había dormido agobiado por el calor, y al abrir los ojos, la conciencia de su responsabilidad le alarma y le hace saltar, salvar á brincos la linde del bosque, el hórreo, el seto... Mal despabilado aún, se frotaba los párpados... ¿Qué era lo que le nublaba la vista? Tardó unos segundos en comprender... ¡Humo! -pensó al fin. ¡Humol ¿De dónde sale? De casa... ¡Ay, Virgen... El humo, el humo sale de casa. ¡Fuego... ¡Hay fuego! Aquello no era correr, era galopar. Los talones de Cirilo sejuntaban con su grupa. Su boca, abierta, llena de un torbellino de aire, no podía formar sonidos ni gritar el socorro. ¡socorro! que le subía á los labios. En su cerebro no había ideas; sólo el retemblido, el zumbido sordo de una enorme masa próxima á desprenderse y envolverlo todo en su caída... Según se aproximaba á la casuca, entre la humareda densa y creciente distinguía el rojo de la llama, la lengua vibrátil que salía de las fauces de sombra. Tan disparado iba el niño, que para detenerse en seco ante la puerta necesitó sentir que se asfixiaba con el humazo... Un instante vaciló. La casa ardía rápidamente; sola, abandonada, tranquila, ni un alma había acudido; alrededor no existían vecinos, y como en la canícula suelen inflamarse pajares y rastrojos, la gente de los contornos no se preocupa de humaredas. Dentro estaban las criaturas, las que, sin duda, despertándose y jugando tercamente con los tizones, habrían prendido el incendio... Se quemarían allí, como dos pichoncitos tostados en el mismo palomar. Pero Cirilo comprendía también que si entraba era para ganarse la muerte. Un srídor íi- ío humedeció sus sienes, en donde latía la sangre, agitada por la carrera loca. ¡Perecer achicharrado! Al fin los cativos ya estarían muertos; su llanto no se oía... El muchacho retrocedió- -Quedas responsable, Cirilo... murmuraba dentro de él la voz materna, Y la paterna, la de aquel apuesto general que tanto amaba á su hijo y se acordaba de él y vendría á buscarle, repetía: -Anda, valiente, anda, que rara eso tienes sangre mía... Cirilo hizo la señal de la cruz y se arrojó al horno, entre dos llamaradas que le recibieron como dos brazos rojos de verdugo... EAUUA P A R D O BAZAN n m H O n C t MFN DEZ