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m Ásf- íq. iíT r -j 1 u v j s profundos en su alma precozmente despierta superior á la condición humilde en. que vivía... Cirilo no conocía en nada absolutamente que fuese hijo de un señor, ni se diferenciaba de sus hernianitos, retoños del difunto marido de su madre, el zuequero de Solgas... Descalzo, vestido de remiendos pingajosos, uncido ya al trabajo de la casa y de la tierra, como mans novillo destetado antes de sazón, Cirilo se parecía bien poco á los hijos de los señores, limpios y hartos, según él los había visto en la villita de Castro Real. Y con todo eso creía firmemente en lo del señorío. Dentro de su espíritu algo se elevaba; era un sentimiento, ó mejor dicho, un puro instinto de estimación hacia su propia persona, lo que si Cirilo tuviese otra edad se llamaría ¿róí r. lyos demás chiquillos de la aldea le hacían burla, porque ni quería salir al camino real á mendigar la perrina, ni á los huertos á robar manzanas, ni al viñedo á hurtar racimos, ni á los corrales ajenos á cazar hue -js, echándole la culpa al zorro... ¡Hijo de un señor! Sin duda un señor muy majo, de tropa, como el que estaba retratado en el Ayuntamiento de Castro Real, con patillas y cruces... Fantaseaba que su padre habría vivido largo tiempo con su madre; que le habría tenido en brazos á él, Cirilo, muchas veces... Después, ¡sabe Dios! se habría ido á América ó á servir al rey, de general... Desvanecerían sus ilusiones si le contasen la verdad, aquella casual distracción de un señorito á la vuelta de la caza, distracción de la cual ya no hacían memoria ni el seductor ni la víctima. Como que Cirilo daba por seguro que su padre, allá por donde anduviese, se añoraba de él con frecuencia, y se prometía venir el día menos pensado á recogerle, á llevarle consigo y á vestirle un uniforme militar, con muchos galones... ¡Así tenía que ser! Y el mirar de los grandes ojos negros del adolescente se perdía á lo lejos, en los montizuelos color de violeta que limitaban la cañada, en el trozo de ría de un azul hialino, que se extendía más allá del castañar. Por allí llegaría su padre, á la hora crítica en que él más descuidado estuviese... Un momento, hasta que se perdió la figura de su madre, cargada con la cesta, en la revuelta del camino, Cirilo permaneció pensativo, inmóvil, rumiando las palabras de la Sabidora. Después, precipitadamente volvió á entrar en la pobre casa; había oído llorar á una de las criaturas, Gustiña (Justa) que era el mismo pecado y de fijo habría hecho alguna maldad, Y en efecto, arrastrándose, Gustiña pudo subir al hogar, y aterrada de tener tan cerca la lumbre, de oir elgluA. ei pote, sin acertar á retroceder, se desgañitaba. El mayorcito, de cinco años, en camisa rota, de pie, miraba a l a menor absorto, metiéndose el pulgar en la boca rosada y sucia. Cirilo riñó, salvó á la traviesa, recebó la lumbre y corrió á ordeñar la vaca, para dar á los chicos buenas sopas de leche con pan de maíz desmigajado. -Estos menesteres piden tiempo. Así que atracó de sopas á los rapaces y les vio con el vientre tenso, redondo, les arrulló, les acostó juntos sobre un lecho