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casillas de los bañistas forasteros, es el cuadro cuyo centro ocupa aquel villorrio, y cuyo marco forman las derivaciones de montañas que en su extremo constituyen las renombradas costas de Oropesa, las cuales tanto tema proporcionan á los pintores y fotógrafos valencianos y castellonenses. Mil combinaciones de rocas hundidas entre el oleaje le arrancan blancos espumarajos; otras, que bajan de los montes, vienen á recibir el beso de las aguas, que constantemente y en dulces susurros las acarician en las noches estivales de clara iuna. Los mismos peñascos aparecen ahuecados y heridos por el fuerte latigazo del mismo oleaje, cuando, enfurecido por las tempestades, se encrespa imponente amenazando destrozar las cordilleras. En calma ó en temporal, á la luz del sol ó á la de la melancólica luna de Valencia, siempre tiene el mar un no sé qué cierto imán para los ojos, un atractivo para el alma, que hace que, sentado uno sobre una empinada roca de las costas de Oropesa, contemple el mar ensimismado, siguiendo atentamente su monótono pero variado jugueteo de las olas, que en su movimiento continuo, insistente y constante de querer salirse sobre la playa ó montar en las rocas, remeda el constante batallar de la existencia cuando luchamos mucho para no conseguir apenas nada. Pero á quien más ericautan estas pintorescas costas es á la gente menuda, que en las tardes del estío se reúne en alegres bandadas como los pájaros y nada como los poces. Aquella regocijada turba de criaturas ofrece cuadros tan animados como graciosos. LIDIA VJL. A. DE SARTHOU EL BAÑO DE LA GENTE MENUDA