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Y con aire distraído, apoya i i i sombrilla, una serie de urnas lacrimato rias enmollecidas. ¡Oh, ironías crueles de la vida; ni él la recordaba bien, ni ella le había reconocido! jSTuma continuó explicando. Detrás de él marchaba Hubert Clovis, bello y Í fatigado como un imperator el día de la abdicación; Tartufo, que realmente era una clericatura; el marqués, Celimena, doña Sol, Berenice... todos, toda la compañía, fingiendo interesarse mucho por aquellas antiguallas que nada les importaba. Numa seguía explicando el arte de los alfareros antiguos, redoblaba con dedos expertos sobre cacharros seculares, recontábalos bonos destinados al pago del pasaje de la laguna Estigia, y de una moneda de oro deducía grandes hechos históricos. Leyó el epitafio de una doncella, interpretó el sentido de un mosaico roto, reconstituyó una Venus sin brazos ni cabeza, en equilibrio sobre una pierna exquisita, y por fin, dentro de una vitrina, mostró una luminosa cabellera, casi intacta, que la gente del país llamaba la cabellera de oro y que se había encontrado en una sepultura gótica. Sobre el cristal de la vitrina se agolparon las caras de los artistas como un rosario de máscaras trágico- cómicas... La visita había terminado, y los actores, después de dar las gracias, se dirigían hacia la puerta. Numa iba el último. Ante él la hermosa Juno caminaba lánguida, y el coiimovido anticuario contemplaba sus robustos brazos blancos al través de las mangas transparentes de su elegante blusa. Acometíanle locos deseos de llamarla en voz baja ¡Blanca! ¡Blanca... Nadie le oiría... Pero no se atrevió. Al llegar al vestíbulo, ella abrió su sombrilla bajo los rayos del sol resplandeciente entre los viejos mármoles y los floridos rosales. Entonces él pidió permiso para ofrecer á las señoras algunas flores, y torpemente, clavándose las espinas en los dedos, recortó todas las flores de un gran rosal, cuyas i amas ocultaban á medias un bajo- relieve... Por la noche Numa fué al Circo. El inmenso monumento estaba lleno como en los mejores tiempos de la dominación romana. Numa estaba sentado junto á un caballero que también había venido de París y que tomaba rápidamente algunas notas. Sin duda era un periodista. Numa se atrevió al fin á interrogarle y supo que Blanca había muerto hacía diez años y que su hija estaba allí representando la tragedia. -Ya la habrá usted visto en el Museo- -anadió el periodista, á quien Numa había dicho su nombre y sus empleos. -Es rubia, y hoy por la mañana llevaba un gran sombrero de paja adornado con amapolas y un velo azul. Su no: nbre de teatro es Susana Florent. El anticuario no se había fijado en ella. -Vea usted- -dijo su amable interlocutor señalando á la escena. ¡Esa es! Y entonces el pobre anticuario, estremecido de emoción, oyó resonar en el silencio de la noche una voz purísima que vilsraba intensa en su angustiado corazón, mientras sus ojos arrasados en lágrimas contemplaron cómo avanzaba lentamente una joven, una niña, esbelta y lánguida, de blanco vestida, que recitaba sonoros versos, alzando sus brazos hacia el cielo negro en donde parpadeaban las estrellas... LEÓN L A R G Ü Í ER DIBUJOS DE MÉNDEZ BIÍINGA