Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
mm; i! ¿Vendría con ellos Blanca Fleury? ¿Seguiría en la Comedia Francesa? ¡Blanca! La conoció cuando ella estaba en el Conservatorio y él estudiando... Se amaron. Pero luego ella se había casado con el actor cuyo nomf re llevaba... Cuando lo supo N u m a sufrió hondamente. Aquel idilio apenas bosquejado llenaba su vida de soltero tímido y sentimental, cuyos lutos seguían pesando sobre su corazón. Sonaron las once. El canto de los niños había cesado. Delante del hotel del I, eón de Oro, un camión de transportes descargaba los equipajes de la compañía. Numa pensó en el antiguo carro de Thespis. El conservador cerró la ventana y se acostó; pero el insomnio debió acompañarle, porque á las tres de la madrugada la ventana volvió á abrirse y una mano temblorosa depositó sobre el antepecho un vaso lleno de flores, cuyo olor vinoso debía perfumar demasiado la caliente alcoba. Se levantó con el sol que doraba lo alto del Circo, mientras que las arcadas bajas y la plaza permanecían todavía en la sombra crepuscular y azulada de la mañana. Vistióse con más cuidado que de costumbre y esperó en su despacho oficial. Tenía la impaciencia temerosa de un adolescente sensible en su primer cita de amor. Sentado ante su mesa y mientras tomaba maquinalmente el chocolate, contemplaba por la ventana el Circo, ante el cual se estacionaban tres coches abiertos. Después vio entre las primeras arcadas un grupo compuesto de señoras con trajes claros y de hombres vestidos de fra: nela blanca. El grupo iba y venía. L, os comediantes visitaban su futuro teatro... A las ocho llegaron al Museo. El alcalde les acompañaba y el conservador les esperaba en el vestíbulo. Numa estaba en pie, conmovido y trémulo, junto á un sepulcro de mármol en el cual había descubierto años atrás un cráneo, un casco de bronce, una espada enmohecida y algunas monedas de plata. Ávidamente escrutó entre el grupo de las mujeres buscando á Blanca... que debía tener la edad de aquella matrona fuerte y bella como una Juno que venía la última. ¿Era Blanca Fleury? Su corazón latía apresurado; pero, sin embargo, no la reconocía... Acaso los ojos... y la nariz. No; los ojos de Blanca eran más azules y su nariz más respingona. Al cabo de veinticinco años podía haber cambiado mucho. Dominando su inquietud, á duras penas guió á la ilustre compañía hacia la primera sala, y en medio de su deliciosa frescura, rodeado de vitrinas, comenzó sus explicaciones. Hablaba de sus amadas medallas con calor, de las armas encontradas por los labradores, de las espadas cortas de los beluarios, y si no advirtió el parecido del gran trágico Hubert Clovis con el busto de un cónsul de Arles, en cambio se dio perfecta cuenta que la Juno que le recordaba á Blanca Fleury no le escuchaba y examinaba y