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DOS PRISIONEROS ser la mayor felicidad para sus padres, pues tal es la venturosa misión que los hijos vienen, á cumplir á este mundo, es, por el contrario, la gran amargura, el verdadero tormento de su vida... L, a. pobre criaturita está imposibilitada... Todas las mañanas, después de peinarla con esmero y de vestirla con pulcritud, la mamá saca á la niña en sus brazos al balcón y allí la sienta en una sillita baja. Pone también sobre sus rodillas algunos juguetillos, una muñeca, varios cuentos y un pequeño estuche de costura. lluego saca la jaula del canario y la cuelga cerca de la niña. Cuando el marido regresa de sus ocupaciones, á la hora de comer, la mamá sale al balcón, toma en los brazos á su hija con mucho cuidadito j l a mete dentro de la casa. Mira también la jaula del canario y l e trae agua, alpiste ó escarola, si lo necesita. Al cabo de una hora, vuelve á salir la niña al balcón en brazos de su madre y allí permanece hasta qué las propias manos amorosas se la llevan dentro, al mismo tiempo que al canario, ya al presentarse en el cielo las pálidas tintas del atardecer. Este es el pequeño drama triste y sombrío que presencio diariamente desde mi casa. La infeliz baldadita se entretiene con los juguetes, con la muñeca, con la lectura de sus cuentos, y á veces también dando algunas puntadas ágiles y caprichosas en un pedazo de lienzo. Y siempre está contenta. Brillan alegres sus ojos, su boquita lanza de cuando eu cuando algunas canciones y eir sus labios hay frecuentes sonrisas que comentan los menudos incidentes de la calle... El canario, á su vez, salta de caña en caña, bebe ó come con graciosa inconsecuencia, se asoma por los alambres, sube hasta el techo ó picotea en el suelo de su jaula. Y además, trina que se las pela, coa T ií ii- T t i -timable y tan artística que há pecie el sitio de honor que pcu- 1 I ii I in I i n la sociedad. 11 n i 1 i iii 1 I ii! cuales dijérase que cruza por los I II 1 nn i ibra de tristeza. El caso es que I 1 lii ii lii 1 1 anción ó sus labores, y se queda 1 i i 11 o, 1111 I 1 lie pasan ligeras con sus madres, 1) i (I 1 111 ii ad que juegan al corro en medio 1 1 lili 1 11. 1 i II la vuelve la canción á su boca, y III U 1 I alegre que nunca: También el i i 1.1 i iiitedaun poco abatido cuando ve i lili 1 ¡aros chillones y cuando observa I 1 ii r Lianquilamente en el alero de un 1 1) 1) 1 1 indilla de un balcón. Mas pronto lanza un trino prolongado y armonioso, cuyo verdadero significado no podremos saber hasta que los sabios trasladen fc definitivamente al pentagrama esas notas sublimes que en vano tratan de imitar algunas gargantas privilegiadas... Confieso que he meditado muchas veces, muchas, sobre la triste condición de esos dos pobres prisioneros. Y á punto v estuve de llorar en su nombre la trágica desventura de que 1 son víctimas. Porque todos los corazones sentimentales nos sublevamos a n t e los dolores inmerecidos y en preseiicia de las injusticias. Y al ocupar mentalmente el sitio de los desgra ciados, nuestra propia. senti mentalidad hace más grande y más irreductible su desgracia. Pero al contemplarlos siem pre contentos, mis intenciones í, éw v -i- r i s tomaron otro rumbo. w. f q j jg tfet i hoy veo en esa su con V, X i iniidad una enseñanza 4i j i Ue. me lleva á apreciar H i ebid- mente e l t e s o r o v i j tal que por clá sificáción me corresponde... ¡Gran cosa es la vida cuando. así. la. amanhaá, I ta los que sólo ífi pueden disíru 1 t a r i a viéndola ji! l h pasar desde u a agujerito. ANTONIO P A L O M E R O D) BUJO DE HUERTAS p TRENTE ánii casa vive un modesto matrimonio que tiene una niña de oclio años. Y esta niña, que debería i