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que corrieron á alistarse, no ya sólo la levantisca plebe, sino el comercio casi en masa, y en no pecueña parte las aristocracias de la sangre, del dinero y del talento. Si en la Milicia Nacional figuraban políticos, como Sagasta, Carlos Rubio, Becerra y Madoz, había en ella alcurniados títulos como el marqués de Perales, y con el mismo entusiasmo vestían el uniforme actores como Mariano Fernández y Vicente Caltañazor, toreros como el matador Pucheta, banderilleros como Rico- y Domingo Vázquez y pií T íT i SSL. cadores como C zo a. Y no se crea que aquella masa, compuesta en su mayoría de ciudadanos que tenían no pocos quehaceres, se obligaba sólo á lucir las galas de sus arreos militares cuando á bien les viniera y á íí no cargar con el chopo más que en los momentos de peligro para la libertad. Aquel era un a j e t r e o continuo. Por lo que pasaba en casa de mi padre y en la de mi tío Agustín, ambos capitanes de dos distintos batallones de la Milicia, l uzgo lo que pasaría en las demás. Ni un día solo t r a n s c u r r í a sin que el mozo de la compañía llamara á la puerta para dejar la papeleta en que se les citaba hora para la guardia en Palacio ó en el Principal, ya para el ejercicio que h a b í a de i efectuarse en el Campo r- 7 3 r 7 r WMf de Guardias, y cuando no para dar piquete de honor en cualquier pro vs. cesión cívica ó religiosa, para acudir al Consejo de r? i -Mwe: disciplina ó á la reelec. i; J ción de cargos en la Ma; yoría, que si no todo el f bienio, gran parte de él estuvo instalada en el vasto edificio que fué convento de San Martín y ocupaba todo el solar de que ahora tiene sólo una parte el Monte de Piedad. A estas obligaciones, en cierto modo forzosas, añadían otras puramente voluntarias. Por ejemplo, mi tío reunía todas las noches por pelotones, en los patios de la Academia de San Fernando, á los individuos de la 8. a del primero de Ligeros, que era la compañía queniandaba, para instruirles en el manejo del arma y acostumbrarles á las voces de mando. Todavía creo que si me pusiera, no olvidaría un solo tiempo de la complicada carga de once voces que, sirviéndome de fusil el bastón de mi tío, aprendí allí más pronto y con más precisión que los nuevos reclutas. Mi padre, entretanto, se pasaba largas horas encerrado en su despacho con un amigo suyo teniente de Ejército, y si no recuerdo mal, apellidado Gisper, que valiéndose de soldaditos de plomo que más tarde me sirvieron de juguete, le adiestraba en los movimientos tácticos por cuartas y mitades, de flanco y de frente, y le daba provechosas lecciones para desplegar una fuerza en guerrillas ó efectuar una retirada por escalones. o Eso sí, las distracciones no faltaban. I as formaciones que por cualquier motivo se repetían, las maniobras que salía á hacer en las afueras éste ó el otro batallón, daban margen á verdaderas romerías en que tomaba parte medio Madrid, y en las contadas ocasiones en que se carecía de tales esparcimientos, ya se cuidaba de la monotonía de la vida de los madrileños el tercero de L, igeros, que justificando su fama de un poco díscolo y por demás puntilloso, por el menor quítame allá esas pajas promovía una algarada, que aunque diera margen á que se tocara á generala y se pusieran sobre las armas los otros milicianos, ya se sabía que había de acabar alegremente y con los consabidos ¡vivas! á la libertad y á Espartero. Hasta por el lado pintoresco daba animación á la corte la Milicia. Si los más graves y sesudos de sus individuos reservaban el uniforme sólo para los actos del servicio, no pocos eran los que casi á diario sacaban á lucir las charreteras de estambre ó los galones de plata sólo para llevar á la parienta y los chicos á pasear