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duda, algo vivía allí debajo. Y la mujer entonces, con un brusco gesto, separó e! mantón y me mostró un ser extraño que, incrustado entre su brazo y su cintura, se adhería á su mano derecha. No tenía forma. Era como un paquete. A trechos estaba cubierto de plumas que verdeaban, separando espacios de piel calva, rugosa, llena de películas y granos. Una especie de bola formaba la cabeza, que estaba pegada al dorso d é l a mano, y en ella lucían dos ojos redondos, amarillentos, que me miraron con ejipresión. de fría malignidad. El ser aquel traía á la memoria recuerdos de los bichos viscosos que aspiran la sa- xre de las gentes dormidas. Era como un vampiro, como un pulpo chupador é incansable, y viéndole pegada á la mano de la mujer se comprendían las llagas, la expresión fatigada y doliente de la infeliz. -Es una cotorra- -me dijo la Danaide, ó más bien la émula de Prometeo; -y no crea usted, no. es mala... Esto lo hace por cariño, j me señaló con un gesto las cicatrices de las manos. Con otro protesté de tan cruel afecto. ¡Pchs, qué se va á hacer! -siguió la atormentada. -Es ya muy vieja la pobre y asi se entretiene. Como apenas tiene fuerza, no puede apretar mucho... Casi nunca me hace sangre... I, a cotorra entonces alzó algo su cabeza, que tras de mirarme de nuevo con sus ojillos astutos, mostró el corvo pico afilado, buscó otro lugar donde hincarle, y lo hincó con fuerza. La mujer, al dolor, quedóse muda, pálida, sus ojos se enturbiaron, pareció que iba á desmayarse. Protesté de nuevo. Aquello era una atrocidad, un suplicio, un martirio inquisitorial. La mujer pareció recobrarse al oir tales cosas. -No, señor, no es tanto. Al principio duele un poco, pero después se hace una. La indiqué que abandonase al infame animal, que lo matara. Me ofrecí á hacerlo yo mismo, si ella no se atrevía. La mujer me escuchaba sonriendo melancólica, como quien oye un imposible, y mientras tanto, agazapada al abrigo del mantón, la cotorra seguía mordiendo con saña, con un furor reconcentrado é inexplicable, que hacía temblar su cuerpo con la vibración de una flecha que se clava en el blanco. Las escasas, plumas se le erizaban, y en las calvas la piel se estremecía con voluptuosidad, cual si todo el cuerpo gozase con el placer de que disfrutaba el pico duro, luciente y corvo, incrustado en la carne de la atenaceada. A mis protestas, la mujer respondió sencillamente: ¡Oh! yo no puedo matarla... ¿Lo oye usted? No puedo; me es imposible. Usted no sabe lo que este animal representa para mí, lo que aún vive en él, con él, de los tiempos buenos, de los años en q e yo fui dichosa. Se había levantado al decir esto. Cobijó la cotorra al amparo del mantón, después hizo seña al cobrador para que el coche parara. Mientras, habló algo más. -Ya ve usted... aquí (señaló al oculto bicho) llevo lo único que queda de mi juventud, de una felicidad que pasó pronto, que no volverá nunca. La cotorra está vieja, fea, me atormenta, me muerde sin descanso... l A pero al me. nos vive, al menos de todo cuanto se fué, ella queda y me ayuda á recordar. Algo me cuesta... pero ningún recuerdo es alegre... -dijo luego. Y al través de la lluvia, entre los árboles sin hoja, vi alejarse á la extraña mujer, llevando contra el pecho, aquella remembranza mordedora y tangible que con el dolor la hacía revivir unas alegrías olvidadas de todos menos de ella. MAURICIO LÓPEZ ROBERTS DJjBUJOS D KEGÍDOR-