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1 J 1 1 tf í, i. 1 y 1 4 S r M v. f. 1 í -i. f 1 1 A n r S J V 1 s V 1 a v f É í i jflr j K jHitf A I P í -1- LA M U J E R DE LA COTORRA N el tranvía, mejor que en parte ninguna, puede observarse á las gentes. Están encaradas con uno durante algún tiempo, y no pueden alejarse como los transeúntes, que pasan á nuestro lado y se pierden luego para no volverlos á ver nunca. Al principio, los viajeros del, tranvía se recatan algo, refrenan sus gestos, sus voces; adoptan actitudes forzadas é indiferencias llenas de afectación. Pero como el trayecto sea un poco largo, todo aquel artificio desaparece, y los viajeros concluyen por manifestarse al observador tal 3 como son, tal y como se manifiestan ante los ojos de un naturalista los insectos que encerró en una caja de cristal. Allí se puede observar al animal humano en todas sus infinitas variedades, y este inocente pasatiempo entretiene el ánimo, hace corto el, viaje, j -alguna vez aj- uda á descubrir historias sencillas y curiosas como la d é l a mujer de la cotorra, Aquella mañana llovía sin descanso. El eléctrico resbalaba por los rieles con un dulce ruido chapoteante, y junto á él huían los árboles, ennegrecidos por la humedad, subiendo, como columnas de una catedral inundada, desde sus alcorques repletos de agua ai- cillosa. Kn la extensión de la Castellana no se veía á nadie, y los hoteles, las casas lujosas y flamantes parecían alejarse, perderse entre la triste neblina gris. El tranvía, tintineando de vez én vez, corría como un huracán. Ninguna mano le hacía seña, ningún siseo ni gesto alguno lo detenía. Acunado por el balanceo del coche medio cerré los ojos, cuando de pronto paró en seco y subió una miyer envuelta en un mantón obscuro. Eráaina mujer dé unos cincuenta años, y en sus ojos, en el doble trazo saliente de sus labios carnudos, aparecía la expresión de un cansancio inmenso, sobrehumano, que hacía pensar en la eterna fatiga de los condenados, mitológicos, en el desesperanzado esfuerzo de Sisifo, en el gesto incansable y sin tregua de las Dánáides. Aquella mujer, debía sostener u n mundo sobre su cráneo, ó ansiar siempre, como Tántalo, el agua fugitiva y l a s frutas que escapan. Ea nueva Danaide cruzó el tranvía para sentarse enfrente de raí, y al hacerlo, el coche reanudó su marcha con el brusco empuje que es de costumbre. Al movimiento, la mujer se tambaleó como si- fuese á caer, y en lugar de sujetarse á las correas, se desplomó cual un saco sobre el asiento, sin asomar al exterior las manos, que traía ocultas bajo el mantón. Después de esto, y cuando recobró el comprometido equilibrio, la Danaide enderezó su cuerpo, reparó en que yo había adelantado instintivamente hacia ella una mano auxiliadora y se dignó sonreirme, mientras una extraña palpitación estremecía los pliegues lanudos de su chai. Aquel rebullicio se calmó casi instantáneamente, pero al mismo tiempo la expresión dé fatiga, que había desaparecido por un instante del rostro de la mujer, volvió de nuevo con mayor fuerza, con más ímpetu, cual si intentase resarcirse de los momentos perdidos. En éstas llegó el cobrador, y la Danaide no tuvo más remedio que sacar las manos de debajo del mantón. Es decir, sólo sacó la izquierda, que fué la única de las dos que abandonó su retiro, llevando entre el índice y el pulgar una moneda. Y al extenderla hacia el cobrador, mostró en el dorso una mancha amoratada, semejante á una llaga. Junto á ella otras menores agrupábanse, formando como una constelación. Parecían señales de pellizcos, de los horribles y desaforados pellizcos que pueden coger las garras rígidas de unas tenazas. Diversos colores jaspeaban las cicatrices de amarillo, de rojo profundo, de verde, de matices malsanos que obscurecían la epidermis de aquella mano infeliz. Su poseedora la escondió precipitadamente bajo el mantón. Tal vez sintió vergüenza de mostrarla. Tal vez su alma era uno de esos espíritus susceptibles y medrosos qtie se asustan de toda curiosidad. Lo cierto es que ocultó la mano. Pero la cicatriz aquella era tan extraña, que sin poderlo remediar, la interrogué: ¿Está usted enferma? ¿Se h a caído usted? Ea mujer se puso como la, grana. Sus labios se movieron para responder; pero antes de que pudiera decir palabra, un gemido, un ¡ay! profundo y desconsolado brotó de su boca. Y al mismo tiempo, bajo el mantón, el movimiento misterioso que lo estremecía de rato en rato, se hizo más fuerte, más enérgico. Sin