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W 0, f n EL A R T E DE V E R A N E A R I adorable amiga: Me consulta usted sobre un número extraordinario de cosas: sobre las modas, los colores del vestido, los deportes y las diversiones que en el presente verano se estilan, y yo no sabré responderle, me presumo, de una manera eficaz. Porque de vestidos, por ejemplo, no entiendo nada; sólo sé que cada año inventan ustedes las mujeres una forma nueva de seducción, y que cada año están ustedes más seductoras... Quiero decirle con esto que. en cuanto á plumas y cintas, soy un perfecto lego. Color verde, color canela, color blanco, ¿q u é m á s d a? Usted es bellísima y es discreta, y con cualquier vestido aparecerá á mis ojos, y álos ojos de los derñás hombres, incomparable. En lo de los deportes y manera de veranear, ya eso es distinto: en ese punto mantengo yo mis propias convicciones. Pero claro es, tratándose del gusto dé un pobre escritor, sumido en lecturas y cavilaciones, mi opinión sobre el veraneo no ha de ser la del común de las gentes, y acaso no le convenga á usted seguirla. Usted preferirá proceder como las otras mil jóvenes veraneantes; es decir, el paseo al mediodía, el golf ó los toros por la tarde, el té al anochecer, la terraza del Casino luego, un poco de baile aV fin, y en seguida al lecho completamente fatigada. Tal es el veraneo corriente y usual de las personas elegantes. Pero el mío... Vea usted, mi hermosa amiga, cómo son mis gustos de sencillos yordinarios. A mí me gustaría, si optase por el campo, buscar uno de esos palacetes que yacen hundidos entre árboles, que tienen un jardín con algunas flores y mucha hierba, y que tienen una gran terraza ó balcón desde donde pueda contemplarse la campiña, los sembrados, las montañas, y estarme allí perezosamente olvidado de todo el m u n d o m e n o s de usted... -meciéndome en el supremo deliquio de la contemplación. Y si optase por elmar, me gustaría escoger uno de esos pueblecillos de. la costa, tranquilos y humildes, y compraría u n a lancha, y me iría á. péscar allá donde las rocas formaÍL silenciosas ensenadas, donde el agua es transparente, bonita como una esme- raída, y donde los. pececillos nadan con movimientos. tan graciosos. Allí pescaría, ó acaso n o pescara, sino que me estaría mirando al agua largas horas, balanceándome, quieto como un bobo. Pero esto yo no se lo puedo aconsejar á usted, porque usted es joven, bella y elegante, y haciéndola vida qué acabo de elogiar se convertiría en boba, como yo lo soy. Ahora bien; podremos compaginar ambas cosas, la salud y la alegría, la poesía y la elegancia, de este modo: dediqúese usted al deporte de la navegación. Existen por ahí unos balandros tan lindos, tan caprichosos y ligeros, que parecen verdaderos bibelois; yo pienso que los han inventado las mujeres, y que poseen todos los encantos de la mujer. Además, es el de- porte del porvenir, sumamente elegante, y encima de eso saludable; y todavía más: poético. Desprecie usted, los automóvilest, ¡esos carromatos antiestéticos, malolientes, ruidosos, groseros, plebeyos, que levantan, nubes de polvo y que marean! En cambio, los balandritos... ¡Oh, qué graciosamente navegan por la bahía en las mañanas de buen sol, el casco pequeñito, la vela grande y blanca, inclinados y veloces, levantando u n remolino de espuma, dejando tras de sí una plateada estela! Semejan pájaros sorprendentes; son femeninos, graciosos, esbeltos, limpios... Aficiónese á los balandros, que en ellos está la elegancia, la salud y la poesía. Poesía del viento salino, del mar anchuroso, del sol, de los colores alegres; y salud, una salud que redon- deará su cuerpo finamente, que pondrá luz y júbilo en sus ojos, que dará á su piel un tono entre sonrosado y moreno... La besa los pies, M. a SALAVERRIA o r B O O DE ESPÍ