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-1 sm embargo... -Y sin embargo, la emoción no se producía. Entonces fué cuando tuve certeza de que en aquella cita de cosas, de ideas y de facultades, faltaba algo. ¿El alma? -Sí, el alma. ¿Y la llamó usted? -M. ¿Y acudió? oí. ¿Cómo? -Se va usted á reir... -No. ¿No... ¡Palabra de honor! -Pues bien, se lo diré. La trae un viejo... ¿Cómo que la trae un viejo? -Sí. u n a sombra de líneas encorvadas, de semblante demacrado... después de muchos ruegos y de muchas ansias, aparece, sonríe, me entrega el alma... ¿La de usted... -Sí, la mía. Y en el instante de entregarla, se desploma y cae, no con la rigidez del cuerpo muerto, sino en mil arrugas y dobleces, como falda de mujer cuando, desatada, se la deja que caiga de la cintui- a al suelo... -Aunque no lo aseguro, yo creía que las almas volaban solas, sin necesidad de cuerpo alguno. -Ya he pensado en ello. Me lo explico por su propia inraa. Í 15 FÍ- terialidad; quizá precise, para entrar en la atmósfera viciada de la tierra, una envoltura corjT pórea, pesada, que la obligue á descender y la acompañe luego V y- ten su ascensión hasta el límite de tierra y cielos... ¿Y por qué ha escogido la apariencia de un viejo... -T a m b i é n lo h e pensado. Puede que sea un capricho; tal vez sea una lección... Es como decirme: ¿tú no quieres confor marte con. la ilusión, que es la juventud de todos, y quieres saber la verdad... Pues la sabí pero recuérdalo... la ver- 3 ad envejece; ¿Y usted s e a t i e n e g u s t o s o á esa interinidad... ¿Para las exigencias espirituales de su na- turaleza de usted, bástala posesión del espíritu en unos minutos... ¿Y n o es preferible poseer una cosa cualquiera de la vida, ó de fuera, de vida, durante unos minutos disfrutarla con intensidad... ¿Será mejor tenerla constantemente al lado y sólo por esa perpetuidad llegar á la indiferencia... -Tal vez... -Y ni siquiera sería práctico ese afán de posesión continua. ¿Para qué necesito el alma cuando voy á la oficina, cuando juego al tresillo, cuando como ó duermo ó leo un periódico... ¿No es millones de veces más razonable buscarla y sentirla cuando mi voluntad puede disfrutar de su presencia... -A pesar de todo, yo... -Perdone usted, querido amigo; es la hora... ¿La hora del alma? -Sí. ¿Y va usted á esperarla? -Voy. Perdone usted... -No hay de qué. Adiós. -Adiós. Y mi amigo, presuroso y resuelto, echó á andar calle abajo... Meditando acerca de su extravagante confesión, no pude menos de sonreirme con la indulgente superioridad de los que se conceptúan equilibrados y sanos de juicio. Después, meditándolo más, dejé de reírme... xAparte de los delirios de esa historia absurda de fantasmas y de almas volanderas... ¿qué hacemos todos sino eso mismo... ¿qué es el apartar la vista Cíe un cuadro de miseria para que la compasión no nos gane y turbe nuestro reposo egoísta, sino dccnde al alma que se aleje... ¿El no querer discurrir sobre un asunto enojoso, esperando que el tiempo lo resuelva; el cambiar de conversación cuando se habla de temas desagradables; el apartarse del espejo cuando refleja una llaga, un tumor, una deformidad... el dejar para mañana la resolución de un conflicto, la consulta de una enfermedad... qué es todo eso sino alejar el alma para vivir un instante más, engañado tal vez, pero desde luego tranquilo... Si lleváramos siempre el alma con nosotros no estaríamos tan llenos de imperfecciones... El egoísmo, la soberbia, ia envidia... no son más que ausencias del alma. Delirios V fantasmas aparte, mi amigo tiene razón. MANUSL L I N A R E S RIVAS 1 íi