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No pude contener un ligero sobresalto. La teoría vdivina de que el alma es esencia, y la explicación que es la misma vida produciéndose- in 1 J j. -j. científica de teligentemente, coinciden ambas en la hipótesis de su permanencia absoluta, y aquella confesión de mi serían héroes. ¿No lo son... Luego el impulso, el motor, la esencia determinante, Í za, es diferente en cada uno. ¿Y cómo ha llegado usted á ese descubrimiento? -De la manera más sencilla. Yo notaba que los re- W y- i amigo echaba por tierra todas las ideas adquiridas, creando un alma nueva, un alma volandera y dócil á requerimientos humanos. Satisfecho de aquel asombro, que debía formar parte prevista de su extraordinaria confidencia, siguió diciéndome: -Ya sé que me aparto de todos los prejuicios oficialmente consignados en esta cuestión; pero yo no busco referirle las sensaciones ó los estudios ajenos, sino mi propia sensación. Ni siquiera me permito figurarme que todas las almas sean así... ¡es la mía solamente! ¿Distinta de las demás... ¡Claro! Yo he creído siempre que era una torpeza y hasta una injuria admitir la posibilidad de que las almas fueran iguales, á modo de piezas mecánicas que se adaptan invariablemente en todos los aparatos construidos por la misma casa, aparte de que resulta, poco respetuoso exigirle una monótona uniformidad al Creador, cuando todo lo creado, visible á nuestros ojos, es de tan inmensa y constante variedad. Y si el espíritu determina, aunque el cuerpo sea el que ejecuta, hay que aceptar la diferencia en el espíritu, pues de lo contrario iríamos á encerrarnos en el. absurdo de que causas idénticas produjeran efectos distintos, lo que es virtualmente inadmisible. Hablando en lenguaje de hombres, lo que produce los actos heroicos, por ejemplo, es el temple del alma; si todas las almas fuesen similares, todos los hombres cuerdos preferidos, los que me inspiran mayor respeto, á veces producen en mí una emoción honda, y en, cambio otras veces, á pesar de todos mis esfuerzos, no consigo fijar las líneas de esa imagen que evoco, y confusa y borrosa va apareciendo mezclada con otras imágenes, sin causarme impresión ninguna. -Eso dependerá del sitio y de la hora en que intente usted el conjuro. Si en este momento, á toda luz, en mitad de la calle y rodeados de gente nos pusiéramos á referir cuentos de fantasmas, usted y j o nos reiríamos de los cuentos; si lo hablásemos á solas en un jardín desierto, donde los contornos capricho. sos de las ramas ayudarían presto á la imaginación para formar figuras soñadas y no vistas jamás, usted y yo admitiríamos la posibilidad de su existencia; y si en lugar de hablarlo pensáramos en ello durante una noche de insomnio, quizá usted y yo jurásemos que en la sombra del cuarto vivían otras sombras... -No, no es eso... Precisamente mi preocupación procedía de escoger con deliberado propósito los mismos lugares y las mismas horas. ¡No... La decoración externa no había cambiado; los objetos seguían en su puesto acostumbrado, pues ya sé que no hay; nada que distraiga tanto como una mesa ó una lám- para ó un mármol cuya colocación se altera dentro, de una habitación familiarmente conocida... Y las fa- cultades internas, aquellas que obedecen á la volun- tad, como la atención y la memoria, prontas también á servirme en mis deseos.