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de otras de clase muy diferente. Hay, sin embargo, algo en qiie no hay distinción posible, y es en el capítulo de los sombreros. Campanas inmensas, adornadas de flores ó de lazos monumentales de cintas de falla, de pluma, etc. Ya cubran la cabeza de una parisiense... de Cuba, de Connecticut ó de S a n Petersburgo, todas tienen una gracia igual y sin igual. Porque París está hecho de todas las elegancias y de todas las bellezas y las gracias repartidas por el mundo. París transforma á la extranjera de país más distante, á la provinciana más asustadiza, en graciosa parisiense. Aparte del snobis mo y del instinto de lucirse, y aparte de la higiene de estos paseos por el Bosque, hay una justif i c a d í s i m a causa para acudir al Sen- la Virtud... la de ver, á la cual obedecemos con sumo gusto los aman. tes de la belleza. K. UBERAL