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-A... M i e UNA DESGRACIA 1 1 i ii üANDO estuve á visitar i ñores de Vega, mis am: 1 1 i nv i J hallé entregados á la dii i I i i di i. i 1 i! triste. Su único hijo, Juí i tura de seis años, lloraba i i ración, poniendo en su ii n i i dad que conmovía... Quiere n ii i lU i i i- i hombre víctima de un dolor i) ii I, MI i muchacho contrariado por cu i i i I u- -Vamos, vamos- -decíale n lu ni- -i i te, -ii3 llores más... Mañana U i jY m á s bonito; y o t e lo asegui- -Calla, nenito mío- -agregc i i i i n i T lágrimas con sus besos. -Tú i i ¡i i i contrario... Lo has hecho p a r i i i Dios no te puede castigar po: Pero Juanito seguía Uoranc- ¿Qué es lo que ha ocuri: i ii i r i d íseando conocer el origen d n i i i i ii ¡Nada, hombre! ¡Que se le n 11.11- i j tiito! -me contestó mi amigo- i ¡No, no! ¡Dique no! -Uc i i i n 1 M I o ¡Es que le he matado! ¡Le he ii id i- ¡Una desgracia! ¡Una ver 1 M I dii su madre ligeramente conmo i i i i i iinfesión del niño. El cual, respondiendo á i n i bondadosa solicitud, se me acercó para contarme el crimen. -Mira... Como el pobre estaba siempre metido aquí dentro, pues yo creí que no le sentaría bien... Y esta mañana asomaba un poco la cabecita por la pecera y daba mnclias, muchas vueltas, como si quisiera tomar el aire... Entonces yo, ¿sabes? le he sacado al balcón á q t i e le diera el sol. Y cuando volví á buscarle... ¡pues estaba muerto! ¡Yo le he matado... Le- j he matado... ¡Claro! -terminó su padre con aire de suficiencia. ¡Se achicharró! ¡Péro yo he visto que toman el sol en el estanque y no les pasa nada! -balbuceaba sollozante Juanito. -rPorque como la pecera es chica, pues se calleuta el agua... amos, tonto, no llores... Estas palabras pateimales tampoco lograron aca llar los escrúpulos de aquella conciencia infantil que á sí misma se acusaba intransigente, inflexible! Juanito seguía llorando. Y alabandonar á mis amigos, yo pensaba, míen ¿íS j- tras rendía mi acostumbrado paseo, que- muchas ve j J ees nuestra propia ignorancia puede llevarnos á cometer una mala acción. Y que puede ocurrimos en ocasiones que al quei- er proporcionar un beneficio, causemos una desgracia irreparable. Verdaderamente no es la Naturaleza tan s a b i a como se dice. Ella debería enseñarnos, sin necesidad de una triste experiencia, cjue los peces pueden tomar el sol en un estanque, pero no cuando están encerrados en una pecera, donde el a. s: ua se calienta y les achicharra... ANTONÍO P A L O M E R O Dilí JJOG Dn HEGIUOR