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KEVISTA ANO XV) T ILUSTRADA f NUM. 84 S MADRID, 20 DE JULIO DE 1907 j t K i LAS H I L A N D E R A S K el fondo de la vieja cocina, sobre el rescoldo del fogaril, cantan su ronca salmodia uiansurrona los pucheros de barro con tapaderas de hierro. Un candil, lloroso como ojo de viejaj alumbra las rubias mazorcas colgadas del techo; el oro de sus granos tiembla entre la leve humareda, que huele á resinas. También huele el aire á semillas secas y á madera de establo. La vaca, de pelambre dorada como las mazorcas, echada panza al suelo, rumia con calmosa mansedumbre; en sus ojos pacíficos hay una luz sagrada de inocencia, y de su ancho belfo cuelga un blando y ondulante hilo de cristal. Cercana á la lumbre está la más vieja hilandera: la triste, solloza y se arquea alargando su cuello hecho de cordeles. -K o es el flato; es una pena muy grande que n puedo echar. Y luego, mirando á la gente moza que desgrana maíz entre retozos, dice clamorosa: El oficio se acaba. Ya no dormiréis en lienzos hilados por estos pulgares y mordidos por estas encías. El mundo se llena de lienzos de los Portugalés... ¡Mal haya! ¡Mal haya! -responden á coro las viejas hilanderas volteando los husos. Corre un remusguillo que enfría los dedos como en mano de difunto. Son dedos que crujen como si ya no tuviesen carne. Un brazal de mazorcas sin grano, blancas y ligeras como panales vacíos, levanta en el hogar una alta llama de oro que tiembla coiiio el velo de las princesas encantadas.