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m r. tf l ííl ¡i f ií ¡í íCB j ¡fy ¡T LA Ll B E R T A D OY á apuntar, antes de que se me olvide, estas observaciones que se me acaban de ocun ir ahora, y que nifc parecen lo suficientemente viejas para que sean consideradas como novedades. Desde pequeños se nos educa en el culto á los libertadores, 5 se excita nuestra fantasía, á sabiendasd e q u e esta excitación iia de acarrearnos grandes disgustos cuando la vida nos imponga las consiguientes rectificaciones. Recordemos los cuentos que nuestros padres y nuestros maestros nos regalan en los años juveniles. Generalmente vienen á ser iguales en el fondo, aunque varíen sus incidentes y sus episodios: una mujer buena y bonita, que está encantada ó prisionera hasta que llega el gallardo doncel que la desencanta ó la liberta. Más tarde, en el colegio, en el Instituto, en la Universidad, los profesores tienen necesidad de explicarnoslas diversas hazañas de los héroes históricos que emplearon su vida en libertar á un pueblo ó una raza. Por otra piarte, nuestro afán de saber nos lleva á buscar las obras de los grandes autores consagrados por la fama, y en todos los poetas, en todos los novelistas, en todos los historiadores que leemos con ansia, nos encontramos el propio enaltecimiento de la libertad y la dorada leyenda de sus conquistadores. Y cuando ya empezamos á tomar parte en la diaria lucha que á nuestro alrededor se desarrolla, oimos repetir la misma palabra adornada de los más hermosos adjetivos, esgrimida como un arma, ó desplegada al viento como una bandera. Algunos de nosotros, los más exaltados, sienten un deseo invencible de imitar á los modelos propuestos á su admiración, lo que les ocasiona los trastornos naturales, y á veces, excesivas perturbaciones de todo género. Otros, los más reflexivos, se enteran con infinita tristeza de que el hombre es un ser libre que no puedehacer nunca lo que le da la gana. Se enteran también de cierta frase que se les brinda como un consuelo, pero que les produce un efecto distinto: la libertad bien entendida que viene á significar algo así como la libertad es una cosa que cada uno entiende á su manera; de donde resulta que ninguno nos entendemos... Todo esto es, en verdad, muy desagradable. Yo soy un hombre relativamente infeliz, puesto que por tradición, por necesidad y por gusto á un mismo tiempo, me recojo de madrugada. Como la llave del portal de mi casa es bastante incómoda por su tamaño, por su peso y por su forma- -coiuo casi todas las llaves de casi todos los portales de Madrid, -nunca la llevo en mi compañía; me sirvo del sereno, rindiendo así de paso un respetuoso homenaje á esa institución saludabley beneficiosa que se elogia unánimemente en el extranjero. Pero ¡ay! en cuanto llega el verano y amanece más pronto y el sereno adelanta, como es justo, su retirada, empieza para mí una nueva preocupación que memartiriza y me envenena la vida... Esté donde esté, en mis ocupaciones ó con mis amigos, todo lo abandono rápido para llegar á tiempo, en cuanto surgen ante mí estas terribles palabras: ¡Voy á perder el sereno... Bien juirado, me ocurre todo lo contrario: el sereno es quien á mí me pierde Y eii esos momentos de indecible angustia suelo pensar con verdadera, íntima y profunda tristeza: ¡Que nuestros padres hayan vertido su sangre generosa en defensa de la libertad, para qiie yo siga siendo esclavodel sereno. El destino se complace en rodearnos de pequeños obstáculos para que jamás podamos presumit de poseer plenamente ese ideal realizado, el primero de cuantos al hombre se le presentan en la vida... El suegro de un amigo mío, un buen señor anciano y achacoso, lleva más de seis años sin salir de su casa. No tiene enfermedad ninguna, pero sí la edad suficiente para que nada le interese... Conque se levanta de la cama, se pone detrás de los cristales del balcón á leer los periódicos ó á ver pasar la gente, almuerza, come, etc. etc. y se acuesta. ¡Y así un día y otro día y todos... Pues bien, ayer mismo comentaba en mi presencia los indultos concedidos con ocasión del natalicio del Príncipe, y celebraba que fueran puestos en la calle los obreros presos por delitos políticos... Había en sus comentarios una alegría tan extraordinaria, queno se explicaba sólo por el amor al prójimo, sino también, y en mayor grado, por la idea de lo que á él mismo le hubiese llenado de júbilo el beneficio, caso de hallarse en la propia situación que los que lo recibieron... Y yo pensaba: He aquí que si á este hombre le metieran en la cárcel, dejándole hacer en ella lo mismo que hace ahora en su casa y con las mismas comodidades que hoy disfruta, ó se moría del susto, ó diría, 11o rardo, que perdió su libertad... Pero señor... ¿qué cosa es ésta que todos pedimos, que nadie tenemos y que sin tenerla lloramos por perdida algunas veces... Yo no lo sé, aunque he tenido el honor de cantarla en mis años primeros y segundos, y a en verso, ya en prosa, como también de viva voz y ante bastantes conciudadanos... Pero, en fin, de todos modos... ¡viva la libertad ANTONIO P A L O M E R O DIBUJO DE FSPÍ