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y LA S U E R T E o se necesita ser un gran psicólogo para asegu rar que la esperanza es el único sostén de los ne N MB; cesitados, y que ella les impulsa, les anima y le hace vivir felices y risueños. ¿Cómo, si no, pe dría existir el equilibrio preciso para la convi vencía de las distintas clases de la sociedad? Sobre las esperanzas propiamente espirituales, co muñes á todos los hombres, las gentes pobres tiene: las que se fundan en el cambio de su posición, en el mejoramiento de su íorttma, en la conquista de ciertos medios ó de algunas comodidades que hagan su vida más soportable y duradera. Y como saben que el trabajo no basta para realizarlas, coníian también, mientras trabajan, en ese factor poderoso é invisible espíritu que á su antojo gobierna el mundo y que tiene el tesoro de los sueños: confían en la suerte. He aquí el fundamento de esa sentencia poptilar, que vale por un tomo de filosofía: Fortuna te dé Dios, hijo... He aquí también el fundamento de la Lotería, institución injustamente combatida por algunos sociólogos avinagrados y conservada con cuidadosa solicitud por nuestros Gobiernos. J u g a r un décimo de la Lotería, es tomar un billete de ida y vuelta al Ideal. Algunos, muypocos, al llegar pueden vender la vuelta; otros, losinás, tienen que aprovecharla y regresar inmediatamente. Mas como no siempre se puede realizar el viaje, ni todos pueden emprenderlo, ni hay tren sino cada diez días, la necesidad de otros servicios más rápidos, más modestos y más frecuentes, se dejaba sentir con fuerza abrumadora. Por fortuna, en Madrid está hace mucho tiempo satisfecha. Existen, en efecto, unas mujeres siinpáticas, ingeniosas, que conocenesa inagotable fuente de riqueza de las ajenas esperanzas, y á ella aproxinian su rnodest vaso. Han organizado y cobran el pequeño impuesto sobre la ilusión, y así justifican su propia v: da, animando un poco la de los demás... En esos barrios humildes y pintorescos de Madrid, la gente lucha y se afana para conseguir el pan de cada día; pero sólo á costa de ciertas privaciones puede lograr la satisfacción de sus deseos inocentes, de sus caprichos infantiles. Y he aquí que todos los días pasan esas tentadoras mensajeras de la felicidad, ofreciendo por una cuota insignificante la posible realización de una esperanza. Esas mujeres han comprado un delantal, una blusa, una falda, una chambra, una camisa, un pañuelo de seda; algo, en fin, necesario, vistoso ó decorativo... Y también cualquier cosa niitritiya, suculenta; como, por ejemplo, un corderillo, una docena de huevos, un pollo, unas lonchas de jamón, una bandeja de pasteles... Y recorren las calles exhibiendo su mercancía, y gritando: ¡Chicas, animarse. ¡Yaya una cena que voy á rifar... ¡Que rifo un pañuelo precioso... Etc. etc. No tardan en aparecer las vecinas, atraídas por lóagritos, á tomar las correspondientes participaciones de cinco ó de diez céntimos, según la importancia de lo qiie se rifa. Ea mujer va repartiendo las cartas de la baraja, de la que aprovecha hasta los. ochos y los nueves, de los cuatro palos, y cuando ya están agotadas todas, se verifica el acto importante y trascendental de la rifa, en plena calle, ante los jugadores que quieran presenciarlo, con toda limpieza, escrupulo. sidad y exáctil; ud. La mujer saca entonces otra baraja del bolsillo, y ruega á uno cualquiera de loscircunstantes. que tome, siia mirar, una carta del montón... ¡El cinco de bastos! ¡Ha caído en el cinco de bastos! ¿Quién tiene el cincode bastos? va gritando, hasta que encuentra á la persona afortunada, á quien, naturalmente, felicita... Xa. noticia circula rápida por la calle, entre los comentarios naturales... ¡A la Pepa l a h a tocado la falda! ¡El pañuelo ha caído en el número lo! ¿A quién le han to: ado los pasteles... Etc. etc. Esta costumbre, inocente de suyo, será censurada sin duda por ciertos sociólogos avinagrados. A raí me parece digna de respeto. ¡Es tan hermoso el cultivo de la ilusión! Eos que no tienen el cinco de bastos se limitan á pensar en su mala suerte, esperando que cambie al otro día; el que íiene Sn carta premiada sospecha secretamente que la Providencia ha escuchado sus plegarias, otorgándole un momento de felicidad... Y esta sospecha es convenientísima, así para la Providencia como para los creyentes... i ANTONIO P A L O M E R O D; D: ¡JO D E HUjínrAS