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var su incógnito: una máscara negra, fuerte y bien dispuesta, tapaba su cara. Durante un interminable minuto me examinó en silencio. Después, de repente sacó del bolsillo dos ejemplares de London Herald, y desdoblándolos puso el dedo sobre mi firma. ¿Vos Harold Forth? -interrogó en mal inglés. No contesté, y sonrió. Entonces uno de aquellos energúmenos se le acercó, y con un ademán le indicó á Churah. Sungh. Se encogió de hombi- os y pronunció algunas palabras que no entendí; pero por el gesto deduje lo que además, para completar mi certidumbre, nos fué significado en inglés por boca del enmascarado: -El comité búlgaro de Salónica os ha condenado á muerte. Vais á ser ejecutados. El cuchillo continuaba punzándome en la nuez. Hubiera sido superfino gritar. Además, las casas que nos rodeaban, negras y enrejadas como fortalezas, alejaban toda esperanza de socorro. Se dice que la inminencia de la muerte sobrexcita las funciones c e r e brales. Es posible, pero en aquel momento no lo advertí. Más bien sentí una resignación e. itúpida é inerte. Recuerdo haber experimentado mucho frío en los ríñones y después haber pensado vagamente en que convenía á un inglés, asesinado como yo iba á serlo, dar á sus asesinos una lección de valor, muriendo desdeñoso y con la cabeza e r g u i d a Por último, pensé, corno por sacudidas y sin ningún motivo, en una sucesión incoherente de cosas y de personas: en mi padre, á quien vi morir en su cama; en la playa de Brighton; en una partida de poker que gané dos días antes, no sé por qué, en el ídolo... Y en el nromeuto en que dos manos brutales me arrojaban de rodillas, tuve una última idea, probable reminiscencia de antiguas lecturas, porque sólo en los libros suceden estas cosas, y volviendo la cabeza hacia Churah Sungh, le dije: -Rao Sahib, ¿me perdonáis ser causa de vuestra muerte? K o me contestó. L e m i r é atento. No estaba desvanecido. Vi sus ojos, lo negro y lo blanco de sus ojos indios que chispeaban extrañamente en la sombra, y oí que salmodiaba no sé qué rezo incomprensible, en una de esas lenguas sacerdotales del Norte de la ludia, que sólo entienden sus sacerdotes y sus reyes. I De repente le asieron los verí dugos. Querían matarle el primero. C o n t i n u a b a encogido, con las piernas abiertas, en la misma postura que el ídolo. Dos hombi es le snjetaban por los hombros. Un tercero, cuchillo en mano, avanzó, y el enmascarado, que contemplaba la esce. MÍAna, dio un paso para ver mejor... Entonces pasó algo misterioso y terrible Eos dos hombres que sujetaban á Churah Sungh soltáronle de repente, llevándose las manos á la propia garganta como para arrancarse una invisible garra. Al mismo tiempo gritaron, pero con voz ya sofocada y ronca, que terminó eu un gorgoteo atroz. El hombre de la máscara y el del cuchillo, víctimas de igual simultáneo ataque, agitábanse presa de terribles convulsiones, como si Churah Sungh estuviera con sus manos estrangulando al mismo tiempo á los cuatro miserables. Pero yo seguía viendo sus dos manos agarrotadas, como las mías, á lo largo del cuerpo... Das cuatro caras, contraídas, rojas, se ennegrecieron. Eos cuatro cuerpos convulsos cayeron cadáveres. El resto de la banda huía, aullando de terror. Y en el silencio sobrenatural que siguió á la rápida escena, oí castañetear mis propios dientes... ü n vigilante nocturno nos desató, sanos y salvos, una hora después. Como éramos amigos del general comandante de la gendarmería internacional, y los muertos eran cuatro comitadjis conocidos y buscados por la policía, no se hizo ninguna averiguación. Jamás Churah Sungh contó á ninguna alma vi- lw Y viente ni una palabra de la aventura, y si yo la c u e n í i hoy es porque la raza de los raos de Saharajoupur se ha extinguido y, por consiguiente, no queda ni un solo descendiente de la diosa Kalí. CLAUDIO FARRERE DIBUJOS DH MFNDEZ BUINGA