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tras golpeaba sobre sus hombros, de donde sólo emergían dos brazos de admirable musculatura. Era un príncipe indue, barnizado á la inglesa desde los pies á la cabeza, pero perfectamente indio por dentro... y vamos á la aventura. El 2 de Marzo de 1903, á las ocho de la noche, Churah Sungh y yo bailamos del hotel de la calle Paralela, en Salónica, temente, los comitadjis no digerían las crudas verdades que yo les había servido desde el London. Después del tiro propuse á Churah Sungh que se separase de un compañero tan peligroso como yo; pero me atajó diciéndome: ¿Por quién me toma usted? ¡Por Júpiter! Creo que soy un gentkman. Juraba siempre en inglés, y, en efecto, era un gentleman irreprochablemente inglés, como ya he dicho, hasta las mñas, pero indio hasta la medula. Conque aquella noche caminábamos juntos, primero por la calle Paralela, pavimentada por anchas losas, y después por las callejuelas que escalan la ciudad alta, empedradas con puntiagudos guijarros. Era una noche obscura y no había faroles. Yo conocía el cami. no. sobre poco más ó menos; pero los iuc hayan visitado Salónica, ya saben qitc aquello es un laberinto, y comprendci án fácilmente cómo al cabo de media hora de andar á tientas nos habíamos perdido. -Churah Sungh- -dije yo apesadumbrado. No sé dónde estamos. Ijo mejor será tal vez trepar hasta las terrazas, y desde allí veremos toda la ciudad. ¡Trepemos, pues! ¡Por Júpiter! ¡Lo fastidioso es que llegaremos tarde á la comida! Estaba escrito que, en efecto, llegaríamos retrasados, muy retrasados. Al enfilar al azar una callejuela obscura y tortuosa, recibí por detrás un furioso golpe sobre la nuca y caí de bruces sin articular palabra. Cinco minutos después recobraba el s e n t i d o advirtiendo que estaba aún en el suelo, pero atado como un salI chichón, y como abriese la boca P para pedir socorro, un gran diaf blo, con cara bestial de búlgaro, t apoyó sobre mi garganta la punía de un cuchillo que pinchaba bien. jNIe callé. Kstaba tendido sobre el lado derecho, y mi verdugo en cuclillas, frente á mi cara. Sólo veía, pues, una jeta feroz y un cuchillo. Realmente no necesitaba ver más para convencerme que había caído en poder de los comitadjis y para no hacerme ilusiones sobre mi suerte. Eos canallas que no me hab í a n acertado en los caminos macedonios me tenían ahora á merced suj- a. Transcurrió un cuarto de hora. Resonaron pasos, y el reflejo de una linterna rchició sóbrela hoja del cuchillo apoyado sobre mi garganta. Unos brazos robustos me levantaron, adosándome á un muro, v M V lo primero que vi fué á Churah Sungh, agarrotado como yo, y como yo junto á la pared; pero que obedeciendo á su naturapara ir á comer en casa del general comandante de leza indue, liberada súbitamente de la envoltura inla gendarmería internacional. Volvíamos de una ex- glesa, como en todas las horas de emoción inerte, se cursión, hecha con gastos á medias, por el distrito de había encogido, con las rodillas separadas y las pierMitrovitza. La sublevación de los comitadjis estaba nas horizontales, como sólo los hombres de Asia en su apogeo- -siniestros picaros, de quienes Europa pueden encogerse, en la misma postura exactamente que mi idolillo. se apiada cuando no tiene por qué verter lágrimas. -ISTo tuve tiempo para reflexionar. El hombre de la Mislirtículos, publicados en Londo? i Herald, me habían valido en el curso de nuestra expedición una docena linterna alumbraba mi cara, y otro- -había ocho ó de cartas amenazadoras, y un tiro, disparado en u n diez- -me miraba detenidamente. Este último, menos camino, cuyo balazo pasó sobre mi cabeza. Eviden- sucio que sus satélites, parecía cuidadoso de conser-