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rante, se destacaban firmes, enhiestos, entre una orgia de color, de ílores, de perfumes, bajo la ondulante y í suave tonalidad de la espléndida fronda. Rechazando los servicios de nuevos guías, se internaron aún más en. la floresta; el burgués se acomodó 5 fsobre el césped, é insensible al poético encanto de los J- t pensiles desdobló pausadamente As Navidades y coy menzó á leer. Teresiña avanzó por las ocultas y perfumadas sendas; su trajecito claro y vaporoso idealizaba su figura insignificante, vulgar; el muchacho, tostado, selvático, parecía bronceada y genial escultura. -La fuente de los Amores- -murmuró como un eco f de su misión de guía; mas algo extraordinario y nuevo debió de vibrar en este nombre mil veces repetido, porque acercándose á la joven, insistió con ímpetu ardiente: -La fuente de los Amores... ¿quieres beber, Teresiña? -No; en la de los Pasarinhos- -respondió ella turbada; y riendo, sin saber de qué, se internó presurosa en el cercano bosque de camelias. La espesura de aquel extraño vergel aparecía nevada á veces por las camelias nítidas, otras sangrienta por la expansión de las corolas rojas, y el suelo, tapizado de pétalos caídos, recibía avariento los preciados despojos de las ramas. Avenidas de rododendros en flor conducían al templete octógono que oculta la fuente los Pasarinhos. Teresa se dejó caer sobre el asiento de azulejos y contempló embelesada los pajarillos de mármol que hunden sus finísimos picos en la transparencia del agua. El rapaz se tiró á sus pies, apoyó la obscura cabeza sobre el pilón y con la inconsciencia del éxtasis permaneció largo rato absorto ante la joven. Despy. és, tímidamente al principio y anheloso, balbuciente según rompía diques la verdad y brotaban de su aliua cual tumultuoso alud sus esperanzas, sus ensueños, habló vaga, irreflexivamente de amor... de ilusiones. Su voz, aquella voz que ella elogiaba, era un don, un tesoro que él poseía inconscientemente como las ruiseñores de las selvas. Sin duda, de tanto escucharlos, había aprendido sus trinos... tal vez un hada compasiva, ciral las de los cuentos, le había tocado con su varilla mágica mientras dormía entre los fantásticos bosques de camelias... pero lo cierto, lo indudable era que sorprendía á cuantos le escuchaban, y que una aristócrata, una dama de la reina le había augurado un brillante porvenir. En el próximo verano le harían cantar en Pena... ¡ante la Reina! y era seguro que ella, tan boníiTif í dadosa, tan artista, le llevaría á Lisboa, costearía su educación... cantaría en San Carlos... ¡en San Carlos... y llegaría á ser rico, poderoso, como otros muchos cantantes salidos de la nada. Entonces, si la menina se IT e acordaba aún de él... si le quería siquiera un bocadiño... ¡ah, entonces... y cogiendo con delirante exaltación las manos de Teresa, pedía una esperanza con su mirada ardiente, una promesa con sus trémulos labios. Vaga sombra, proyectada sobre la claridad que el sol irradiaba en el templete, destruyó el hechizo, ahogando la ingenua sinceridad de la niña, y el burgués, enojado, sudoroso, interrumpió acremente el idilio. Su espíritu rudimentario se inquietó inconscientemente al presentir que algo inaudito y poético flotaba en torno de la sorprendida pareja; mas incapaz de aquilatar matices psicológicos, sentóse frente á los chiquillos, desenvolvió un paquete de queixadas, la golosina tradicional de Cintra, y se las alargó á Teresa con insistente prosaísmo, fustigando al muchacho con la realidad, brutal entonces como nunca: -Tú, rapaz, á la puerta, á cuidar de los burriños. Llegó otro domingo. Una semana de ascensiones, más ó menos lucrativas, no habían fatigado al rapazuelo, y con los primeros destellos de luz corrió á engalanar el borriquillo que Teresa montaba. La tarde anterior había robado nítidas camelias, y pacientemente fué recamando de flores los pobres arreos del pollino. Ahondó después en un arca profunda, y sacando su traje nuevo, se engalanó con él y corrió presuroso á la estación á esperar la llegada de los trenes. Uno tras otro fueron surgiendo del obscuro túnel; mas los esperados viajeros nunca llegaban. Las camelias se iban marchitando; el sol abrasaba sus pétalos, que circuidos de un tostado borde, perdían su intensa blancura; y por fin, el chicuelo, desanimado, triste, regresó á s u hogar lentamente con las ilusiones tan marchitas como las camelias del burriño. Y así otro domingo... y otro... Sus compañeros se burlaban despiadadamente; mas él, resignado, impasible, esperaba viendo secarse las domingueras flores sobre su asno, y sólo cuando los vagos tonos del crepúsculo borraban las intensas manchas de color que abrillantaban el paisaje, cuando la niebla impregnaba las frondas de tenue y perfumada humedad, envolviendo las ruinas del castillo de los moros y las pollero- mas torres de Pena, lenta, muy lentamente regresaba á su pobre casita, contemplando con desconsirelo infinito las marchitas flores que una vez más había robado para ella. MAGDALENA S FUENTES n x u K S Dn r. ií: DZ. -nn KCA