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eleva sobre la parte baja del pueblo, sobre las alegres casitas que bordean callejas de euesta inverosímil. De pronto sus ojos centellearon bajo el bairete verde, que caía con picaresca gracia á un lado de su cabeza; aproximóse á la salida de viajeros, y se detuvo con timidez junto á una jovencita grácil y delicada, un capullo de estufa que buscaba salud y a l e g r í a en las domingueras excursiones campestres. Junto á ella un señor vulgar, un burgués mediocre, sonreía bonachonamente de todo: de la aglomeración de viajeros que los retuvo en el andén, de la tibia mañana que brindaba sosiego y alegría á su fiesta semanal y fuerzas y oxígeno al delicado organismo de su Teresifia. A poca costa cabalgó sobre el rucio niás corpulento, y abriendo su paraguas, que como buen lisboeta utilizaba indistintamente para el sol y la lluvia, sé dispuso á partir, mientras la niña, apoyando su piececito sobre la pierna del muchacho, que la encorvaba para que trepase la gentil amazona, saltó con alegre desenvoltura sobre el manso animal, que comenzó á trotar hostigado por los suaves goípecitos del pilludo que esgrimía la flexible rama de un arbusto. Eran buenos amigos el burriño y la hiña; hacía dos domingos que le montaba, y obedecía y a á su dulce voz más que á la silvestre fusta del muchacho. Debía de resultarle grata y ligera su carga, casi tanto coino breves y dichosos eran para el guía aquellos doniingos en que la jovencita de Lisboa cabalgaba alegremente al través de los bosques, tuientras él la seguía extasiado bebiendo la frescura de su charla ingenua, vaga, como trinos perdidos en la selva... En la primera excursión él le había referido las eternas cuitas de los chicuelos de Cintra que, después de iniciar á los viajeros en todos los detalles del camino, lamentan sus desgracias, el alcoholismo del padre inhumano, la enfermedad de la madre maltratada y la abnegación de ellos, los pobres rapaces, que caminaban á pie todo el día junto á los burriños 2 ÍX 2 Í. llevar algunos tostones á su miserable hogar. Casi siempre el patético relato, que termina al regresar á la estación, alcanza el éxito apetecido, y el viajero da con humos caritativos espléndida propina al muchacho; pero aquel día, al iniciar á la joven sus desventuras, una emoción vivísima le detuvo, y viendo los ojos de Teresa llenos de lágrimas, estuvo á punto de exclamar: -No llores, menina, no llores... todo es mentira; mentira los remiendos que cubren mi traje, mentira los golpes que me dan, mentira el vicio de mi padre y el hambre de los míos... sólo es verdad tu llanto. ¡No quiero tostones de plata... no qniexo J atacos de cobre- sólo querría beberme esas lágrimas que lloras por mí! Y aunque al domingo siguiente la niña, compasiva, pretendió vaciar su hucha en las manos del rapaz, él, rojo de vergüenza, rechazó la limosna, suplicando con indecible anhelo que siempre, siempre que fuesen á Cintra le alquilasen á él solo los Inirriños. Aquel día la excursión era á Pena, y comenzaron á- -r í subir, siguiendo el sendero florido, entoldado por frondosa bóveda. L, as quintas que dejaban atrás parecían encantadas mansiones, y por las vallas y verjas de los jardines se desbordaban hacia la carretera guirnaldas de rosas y de mirtos, tapices de heliotropos y jazmines. Un ambiente tibio, voluptuoso, retardaba la marcha. De pronto, una voz de enérgica frescura rasgó el calmoso silencio de la senda encantada. Teresa miró con agradecimiento á su guía, que entonaba una de las canciones más populares en Disboa: Margarida va á la fonte á encher o seu cantarinho 6- y entre aquellas frondas, iluminadas por un sol espléndido, la voz vibraba con un encanto arrobador y svigestivo. -Un fado- -murmuró la jovencita con mimosa insistencia; ¿sabes alguno? ¡Que si sabía... Precisamente uno de una menina como ella... Todos los dias lo cantaba, todos, desde que la había conocido... Y para rebatir una incrédula sonrisa de su compañera, comenzó casi á media voz, mas con expresión ardiente que hizo enrojecer á la chiquilla: Acorda, minha Thereza... Como un susurro, con apasionada y dulcísima cadencia, siguió entonando las estrofas impregnadas de dulce poesía, y en sus labios trémulos la petición amorosa del fado adquiría embriagadora intensidad. Parecía verse el panorama al oír: Entre os cinceiros da margen murmura o claro Mondego... Y una amargura infinita conmovía la voz del rapar cuando exclamaba, herido por decepción cruel: N áo dorme quem tem amores e ten postigo é fechado... V. ií- Teresiña, roja cual los geranios que bordaban la verja de un jardín, contemplaba al guía con arrobamiento, adivinando por vez primera el candente anhelo que palpitaba en el fado y que parecía transmitirlo el rapaz con sus miradas. La puerta q e separa del sendero la posesión regia los detuvo; el guarda, previa requisa, les franqueó el paso, y hasta el picadero continuaron en las cabalgaduras. Después se internaron j) or las verdes y perfumadas sendas en que centenarios cedros tamizaban la luz. Arriba, el castillo aparecía florido y fantástico; sus murallas tapizadas de hiedra, sus puentes levadizos festoneados de guirnaldas, -los caprichosos ajimeces avanzando sobre precipicios de vegetación exube-