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IS í t 1.1 i f i Ir f -a. 1- s LOS VIEJOS FOTÓGRAFOS o os aconsejo que no vayáis á las nuevas fotografías. Todo el mundo es ahora fotógrafo; estos fotógrafos novísimos, modernistas hacen mil cosas absurdas, incongruentes; ponen orlas de un gusto incomprensible; adoptan fondos que nos desconciertan; pegan sus retratos sobre cartones y tarjetas de un preciosismo, de una rareza que está por encima de nuestro modesto intelecto. En fin, os lo repito: no os retratéis en estas modernísimas fotografías. Id á buscar en las callejuelas apartadas, en los sotabancos humildes á los viejos fotógrafos. Estos son unos hombres sencillos y llenos de bondad; no saben nada de los adelantos modernos; si les hablan de todas estas máquinas maravillosas y complicadas que usan sus colegas recientes, ellos tal vez soiirían. Viven retraídos y silenciosos; tal vez usan un gorrito redondo; es posible que lleven un bigotito y unas gafas de oro, como el bigotito y las gafas de D. Antonio María Segovia. Estos fotógrafos se acuerdan con ternura del tiempo viejo; ahora ya no hay aquellos hombres que había antes; ellos vieron el estreno de Consuelo; los versos de Florentino Sanz y de Miguel Agustín Príncipe causaban sus delicias; un día retrataban á Ayala, otro á D. Julián Romea, otro á Matilde Diez. El recuerdo de estos insignes personajes flota todavía en sus estudios. Hay en ellos un viejo telón con un jardín y unas nubes; el reclinatorio en que apoyan la cabeza- -artefacto que es el fundamento de estos talleres- -está en primer término; luego observáis un sillón vetusto, de viejo peluche, pesado, venerable, en que de seguro se sentaron allá hace muchos años, Segovia, Príncipe ó A 3 ala. Una sensación de paz, de so. siego, de bienestar os sobrecoge al entrar en estos estudios; el fotógrafo os saluda amable; acaso intenta quitarse su gorrito con un gesto tímido; habláis con él de cosas insignificantes, ligeras; él hace una discreta alusión á aquellos tiempos después comienza la larga, trascendental operación de buscar una postura adecuada, artística. Describir todos estos cambios, mudanzas y tanteos sería muy prolijo. Cuando acabáis de retrataros, respiráis ampliamente y sentís una íntima, una inefable satisfacción: la de haberos retratado en el mismo sillón en que se retrataban D. Adelardo L, ópez de Ayala ó D. Pedro Antonio de Alarcón. AZORIN DIBUJO DE E S r í