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sueño y no reposa... El viejo judío llama á tedas las puertas demandando hospitalidad. Y nadie le socorre, nadie le acoge, nadie le ampara. ¡Huye de aquí, perro! -le gritan. ¡Ve á comer raíces al campo! ¡Huye con los lobos, tus hermanos! ¡Refugíate en una latebra como las fieras! ...El viejo judío solloza tristemente, amargamente; angustiosamente. Sus palabras son una tierna plegaria que lleva un dejo de salmodia primitiva. ...iCónio habréis de ser tan crueles que me dejéis senda que hacia ella conduce está llena de peligro. 9, y el viejo judío teme mil veces rodar al abismo. Al cabo, acongojado y herido, llama tímidamente. Un ermitaño viejo también, y también de nevada barba, entreabre la puerta. Tiene un continente austero, reposado. Su frente es pura y luminosa corao la frente nimbada de un apóstol, y sus labios sonríen con una dulce sonrisa confortadora. ¿Qué queréis, hermano? -dice. El viejo jadío musitea suplicante: líT I í morir de hambre y de frío! ¡Permitidme- doTmiíar siquiera al amor del hogar, y yo os bendeciré eternamente y pregonaré, vuestra caridad en mi dolorosa peregrinación por el mundo! Pero todos son sordos á sus súplicas. Unos, azúzanle los perros; otros, le amenazan poniéndole ante los ojos las puntas de sus picas El viejo judío grita: -Oídme, por Dios. Yo sacudiré mis sandalias en el umbral de vuestras puertas. Yo penetraré en vuestras viviendas con los pies descalzos. Yo me postraré ante vuestros fámulos. Eas ventanas, entreabiertas un momento, ciérranse hurañas, y la ciudad torna á quedar en calma. El viejo judío golpea las puertas por vez postrera, y llama en los palacios, y llama en las posadas, y llama en las zahúrdas sin que hacia la suya se tienda una mano piadosa. Agobiado por el sufrimiento y humillado por las injurias sale al campo. El frío muerde sus carnes y se siente desfallecer. Camina, camina, camina... H a y en la propinctia montaña una pequeña ermita perdida entre las anfractuosidades de la roca. Ea -Dejad, señor, que un pobre desvalido descanse en i u rincón y cómalas migajas de vuestra cena. Y cae de rodillas implorante, exhausto. El ermitaño levántale del suelo y le estrecha entre sus brazos amorosamente. Euego penetran en la ermita y le da á comer su pan negro y le cede su lecho de paja. ¿Por qué me protegéis- -dice el viejo judío- -y no me arrojáis de vuestro lado como hacen los hombres de la ciudad? Y el santo ermitaño le responde: -Yo amo á los hombres porque de los hombres vivo alejado, porque sus impurezas no llegan á mí, porque su perversión no llega á estos apartamientos. Eos hombres marchan hacia el error, y el error es la ignoranciaj- y la, maldad. Son crueles porque sufren. Evitémosles el dolor y desaparecerá la crueldad de la haz de la tierra. Ámalos como yo, perdónalos como yo, compadécelos como yo. Y tornan á abrazarse aquellos dos ancianos, separados por toda una eternidad histórica, en aquella ermita, donde un Cristo pálido y mutilado parece sonreírles dulcemente con la mirada. ANTONIO ROLDAN DIBUJOS DE MENDE 2