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ar co REVISTA ANO XVII ILUSTRADA N U M 842 M A D R I D 22 DE J U N! 0 DE 1907 IW HOSPITALIDAD A ciudad duerme su sueño secular. Sobre la testa abatida del viejo judío pesan la sombra I y el silencio como un hondo dolor tradicional. Una campana tañe solemne un nocturno funerario y misterioso. El viento susurra viejas leyendas de superstición. Las torres de pizarra elévanse hieráticas, sacerdotales. La luna trama una mortaja alba y sutil, una candida mortaja de virgen. Parece una ciudad de ensueño, una vetusta ciudad abandonada, donde la Historia ha dejado la trágica remembranza de un sangriento episodio que quizá hemos visto alguna vez repujado en bronce... L Por las calles de la ciudad dormida camina lentamente el viejo judío. Apóyase en nudoso báculo; sus piernas flaquean, y en la iiitonsa barba nivea se pierden sus lágrimas al deslizarse por las mejillas pálidas, flácidas, enjutas. Un noble sello de remotas altiveces hay en su frente, y los ojos parecen mirar con serenidad proféíica la marcha vacilante de los hombres durante el transcurso de los tiempos. ¿Por qué llora el viejo judío? ¿Qué cuitas aquejan al proscrito? ¿Cuál es la desventura que agita su conturbado espíritu, su mansa resignación? El viejo judío padece de hambre y no yanta, de