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Pronto aquella humana é inhumana avalancha, acrecida por los muchos aficionados al bullicio y al motín, r; uc a su paso se le iban uniendo, llegó ante el cuartel de Caballería, situado fuera de la puerta de Triana, donde se alojaba el regimiento de Flandes. Inmediatamente quedó el edificio bloqueado, y los sitisdores, prescindiendo de toda forma diplomática, y aun sm hacer las previas intimaciones que prescriben las leyes de la guerra, rompieron las hostilidades, pidiendo venganza y arrojando una granizada de piedras contra el edificio En vano acudió presuroso, en socorro de los sitiados, el alguacil mayor, con una legión de alguaciles y cor clietes para apaciguar el tumulto; en vano á grandes voces y desde respetable distancia ofreció que se haría cumplida justicia, castigando con la mayor severidad al causante de aquellos lamentables sucesos; en vano les maiiifestó que él iría como pailamentarlo para tratar con el capitán de la fuerza la entrega del culpable. La airada muchedumbre no hacía caso, y aunque ya enronquecida, seguía vociferando con gritos ensordecedores, que no dejaban oir los que á su vez daba la prudente y contemporizadora autoridad en su infructuoso empeño de obtener, cuando menos, un armisticio. Algunos de los proyectiles destinados al cuartel, que cambiaron de dirección, hicieron comprender al alguacil mayor y a los alguaciles menores que su situación podía ser más grave que la de los sitiados, porque ellos no teman muros que los amparasen, y con el pretexto de buscar nuevas fuerzas para atacar á los insurrectos, retiráronse prudentemente y más que á buen paso. III La puerta, balcones y ventanas del cuartel estaban herméticamente cerrados, y por el profundo silencio que dentro de él reinaba hubiera podido creerse que estaba completamente desalojado. Sin embargo, en su interior no cesaba el movimiento y se tomaban las disposiciones necesarias para la defensa y aun para hacer una salida en el momento que se creyera más oportuno. Toda la fuerza, por orden del capitán, puesta á caballo y espada en mano, hallábase dando frente á la puerta, en espera de la voz de mando. Sólo faltaban en el anchuroso patio el capitán, el barbero de la compañía y el soldado que había dado ocasión á tan extraordinarios y terribles acontecimientos. De pronto se oyó un rugido atronador de la plebe amotinada, que gritaba ya en el paroxismo de su furor frenético: ¡Al asalto! ¡Al asalto! Pero inmediatamente quedó contenida y muda por el más extraño é inesperado espectáculo. Evn el amplio balcón del cuartel, que estaba sobre la puerta principal, abierto de pronto con ruidosa violencia, aparecieron dos figuras: el capitán de la fuerza allí alojada y un soldado, desnudo demedio cuerpo ai liba, con la cabeza pelada al rape, el rostro completamente afeitado y el aspecto á un tiempo más triste v inas cómico que podría im. aginarse. -Aqrií está el culpable- -gritó el capitán. ¿Qué queréis que se naga con él? ¿Será bastante darle una- carrera de baquetas, o será preciso arcabucearlo? Dispuesto estoy á hacer ejecutar en el acto vuestra sentencia A u levantó al cielo los ojos y las manos, pidiendo el auxilio divino en aquel supremo trance en que daba ya por perdida su existencia, y el pueblo, en uno de sus nobles impulsos, pasando del furor á la piedad, en vez del To e ¡tolk! que aquel desventurado temía, prorrumpió en voces compasivas de ¡PerPerdió el soldado el conocimiento, teniendo el capitán que sostenerlo para que no diera en el suelo, sacán- S jEL: dolo casi a rastras del balcón; la muchedumbre se retiró tranquila, comentando los variados incidentes del día; los soldados envainaron sus armas y echaron pie á tierra, viendo acabada tan singular aventura de guerra, y después de aquella parodia, entre trágica y grotesca, A VEcce Homo, si el capitán, como Pilatos lavo sus manos, no fue ciertamente para declararse irresponsable del fallo. FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ DIBUJOS DE MEDINA VERA