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Í Í f Jíí V -r í. e L. ECCE M I L E S l rey D. Felipe V el Animoso, reconocido al esmero con que lo había cortejado y festejado la Maestranza de Sevilla en el tiempo que residió en aquella ciudad, por Real decreto de 14 de Mayo de 1730 i le eoncedió diferentes gracias para su conservación, y entre ellas la de que pudiera tener todos los años dos fiestas de toros, de vara larga, de las ordinarias, que se estilaba hacer en los sitios fuera y extramuros de la población. El 13 de Mayo de 1748 celebraba la Maestranza sevillana una de aquellas funciones taurinas en una plaza de m. adera que había construido con dicho objeto en el monte del Baratillo, donde más tarde, en r 76i, adificóla de piedra que hoy existe, y presidía la fiesta el Asistente D. Ginés de Hermosa y Espejo, brigadier de los Reales Ejércitos y juez conservador de la Maestranza, con los ministros de justicia, como mandada estaba, para atajar todo género de inquietudes que pudieran ocurrir A pesar de su pomposo nombre de ministros de justicia no eran entonces, como no lo han sido después, muy respetados por el levantisco y bullanguero público que á las lides taurómacas concurría, los alguaciles, casi siempre insuficientes para conservar el orden ó para restablecerlo cuando se alteraba, y con este objeto asistía también á las fiestas una compañía de soldados, encargada particularmente de hacer el despejo del redondel antes de comenzar la corrida ó cuando por alguna circunstancia lo invadían atrevidos espectadores. En la fiesta de aquel día el despejo ocasionó grave tumulto por la tardanza de algunos hombres del pueblo en salir del ruedo y por la feroz violencia de un soldado de Caballería dei regimiento de Flandes, que la emprendió con ellos á cuchilladas, con el mismo furor que si estuviera peleando con los más odiados y formidables eneniigos. Indignáronse los demás espectadores ante aquel injustificado alarde de sanguinaria ferocidad y llovieron sobre el soldado protestas y denuestos y á poco proyectiles, algo más ofensivos y: contundentes. No quedó piedra, tabla ni otro objeto arrojadizo de los que pudieron hallar á mano que no fuera lanzado contra aquél, acompañado de injurias y de ¡mueras! Pero el soldado, lejos de atemorizarse ó comedirse, arremetió á los andamies, y repartiendo á diestro y siniestro cintarazos y cuchilladas, recorrió inás de la mitad d é l a plaza, aumentando la irritación y el alboroto. El Asistente, para poner término al escándalo, ordenó que un cabo y cuatro soldados del regimiento á que aquél pertenecía, lo sujetaran á viva fuerza y lo condujeran á su cuartel arrestado, y con aquella providencia, aunque un poco tardía, aplacáronse los ánimos al parecer, restablecióse el sosiego aparentemente y dispusiéronse todos á presenciar la corrida con el interés, la animación y la alegría propios de la fiesta. II Guando concluyó la corrida nada hacía temer que el escándalo y el tumulto tuvieran una segunda paixe, que no sólo no había de ser buena, confirmando una vez más el dicho cervantino, sino que había de tomar las proporciones de un formidabley tremebundo motín. Un clérigo, que había estado presenciándola corrida en uno dé los andamios de la plaza y con el que había sido pródigo el enfurecido soldado en el reparto de cintarazos, puso el paño al pulpito, como vulgarmente se dice, y no con el dulce tono del orador sagrado, sino con el agrio acento del belicoso tribuno de la tJlebe, comenzó á gritar: -Amados oyentes míos: el brutal atropello de que hoy hemos sido víctimas pide pronto y justo castigo. Ese feroz soldado, que ha dejado en nuestras inocentes espaldas y cabezas duraderas señales de su furor, no puede quedar impune. Corramos. al cuartel, y si no nos hacen justicia, tomémonosla por nuestra mano. El Evangelio dice que si nos dan una bofetada en la mejilla derecha, debemos poner la izquierda; pero no dice lo que debetíios hacer si nos dan un sablazo en las espaldas ó una cuchillada en la cabeza... ¡Al soldado! ¡Al soldado- ¡Al soldado! ¡al soldado! -rugió la muchedumbre exaltada por aquellas frases, y como siempre, pronta en sus irreflexivos arrebatos á dejar escapar de su corazón, según la válvula que le abren ó el registro que le tocan, sentimientos impetuosos de férvido entusiasmo, de fanática superstición, de extremada bondad ó de cruel y sanguinaria barbarie.