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iií V. i mLOS D E S I E R T O S AY entre Pastrana j Buendía una campiña cj ue se llama Bolarque. Es u n paisaje un poco austero, bien poblado de árboles, silencioso. El río Tajo- -este buen río. cantado por Garcilaso corre entre unas peñas hondas, como acanalado. Aquí á este ameno paraje llegaron á fines del siglo xvi unos sencillos frailes; eran tres nada más; sólo llevaban por todo tesoro catorce maravedís; pero ellos estaban animados de un entusiasmo ardiente y decidieron fundar en esta soledad. un retiro ó monasterio para IL aquellos espíritus que no gustasen del mundo. La escasez de sus medios no les desalentaba; Santa Teresa cuando iba por los pueblos fundando conventos, con una cbocüla, mechinal ó zaquizamí que le dejaran estaba contenta; ella, se aposentaba allí con sus compañeras de religión; luego poco á poco, como don celestial, vendría todo lo demás. Eos tres religiosos que llegaron á Bolarque tenían este mismo espíritu; ante todo, ellos colgaron una campanita de un pino; con ella llamaban. á los Oficios. Después, construyeron una pequeña choza. Su alimento eran las hierbas del campo; vivían frugalmente; alababan á Dios; se hallaban lejos de los ruidos m u ñ í a n o s y sus espíritus gozaban de una plena paz, de una profunda serenidad. Pero la fama de la santidad de estos hombres se fué extendiendo por los contornos; muchas almas piadosas trajeron donativos; ya había medios para edificar un convento, y. el convento se hizo; un noble hidalgo llamado D. Francisco Centraras construyó en él una capilla para que sirviese de enterramiento á él y á su mujer. Y además del convento por todo el monte se levantaron doce ó catorce capillas ó ermitas en las que cada monje pudiese vivir en completa soledad. Así quedó fundado el desierto de Bolarque; esta relación la hace fray Francisco de Santa María en su libro Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen de la Primitiva Observancia. Al igual que est desierto había otros muchos en España: tales como el de Porta Celi, en Valencia; el de las Batuecas, en la Peña de Francia; el del Cardón, en Cataluña; el de Santa Ana, en Jumilla; el de las Palmas, en Castt- llón el de, Nuestra Señora de las Nieves, en la Serranía de Ronda. Y aquí era donde algunos de aquellos caballeros que habían peleado en Italia, en Flandes ó en América, que habían andado mucho por el mundo y que habían visto las insanias, desenfrenos y perversidades de los hombres, así como la vanidad de las glorias humanas, se retiraban hasta el fin de sus días y ponían donde había estado el penacho altanero, la. parda y humilde co giiUa del eremita. AZORIN taRUJ. 0 j t KEüiDO