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sus consecuencias en el cuerpo. Bajo una encina grande se eclió cara al cielo. Veía con los ojos entornados los hacecillos multicolores que el sol tamizaba por entre las hojas y oía el runrún del agua al rizarse entre peñascos. Se apoderaba de ella una dulce jnodorra, que trocóse en profundo sueño en cortos insl; antes. Unos valientes ladridos de Avión la hicieron espertar sobresaltada; se incorporó avizorando el oído. De entre el monte salía el alegre y compasado tintineo de la esquila. Margarita conoció el sonido: eran las vacas de Rafaelillo. Aparecieron pausadas por la vereda y ramoneando en el monte: primero la Lagarta; luego la Barquera con u n recental de rastra, y después la Córala. L, a mtichacha se puso en pie. Siguieron las vacas hacia el arroyo buscando el. agua para remojar su belfo. Vino Rafael con la chivata en los hombros. Era cenceño de carnes y moreno de rostro; traía sombrero gris de alas caídas, chaquetón de paño burdo, zahones y abarcas. -Dios te guarde, Marita. -Adiós, Rafaelillo. Sin querer, la moza bajó los ojos y se tiñó su cara de carmín. ¿Lavabas? -Sí, sí. Madre no acabó ayer y yo vine hoy á rematar. -Las calenturas volaron... -No se vuelan tan fácil; pero ya estoy mejor, y ahora z i q u e se vayan. Las vacas, al beber, rompían el terso cristal del arroyo, dejando en él babas blanquecinas; la Barquera, harta de agua y bañando sus patas, estiraba el cuello, y con la lengua como tentáculo pretendía atraer á la boca una rama de arrayán. El recental se holgaba locamente en el prado con cabriolas y coces. ¡Ven, Córala! ¡Toma, Barquera... Pos tienes que cuidarte, Marita. Las calenturas son bichos malos. -Padre me trajo anoche quinina, que dicen que es mano de santo. -Si es bueno, sí; pero tienes que cuidarte... Yo me voy, que tengo que labrar la tierra de la escaña. -Adiós, Rafael. -Con Dios, Marita. ¡Toma, Barqziera! ¡Soo, Lagarta! ¡Aaarre! Rafael siguió á las vacas, y pronto se ocultaron todos á la vista de la moza. Quedó ésta pensativa, rumiando la entrevista, y otra vez, como en la noche anterior, su cabeza comenzó á devanar pensamientos, convirtiéndolos en disparatadas invenciones. Rafael y a no pensaba en ella. Si le habló fué por compromiso. Por más que el muchacho nada de extrañar hizo; estuvo con ella amable, le dio el consejo de que se cuidara en sus males. Hasta la nombró como antaño, cuando juntos alcanzaban nidos ó hacían la colecta de los madroños en sazón: la llamó Marita... La vieja gitana subía lentamente por la veredilla que conduce al rellano de la casa de los Alamos. -Salud por siempre y que Dios nos guarde á todos- -voceó parándose enfrente de la puerta. Contra el quicio, Margarita componía ropa, j á su vera, en u n a cunita rústica, dormía una criatura. -Buenos días. Pilonga. ¡Tamo tiempo sin verte! -Estuve dos años eii Jaén; á mi Juan y á mi Diego los prendió la justicia, porque la calunia les echó encima el robo de unas yeguas; yo ese tiempo lo pasé en el hespital La vieja, turbada, mascullaba las palabras. ¿No ves qué niño, Pilonga? ¿Te casaste, clavellina? -Sí; hace un año. Me casé con Rafaelillo, el de la maldición... ¿No te acuerdas? La vieja, coi- tada, quiso torcer la conversación, preguntando: ¿Y dónde está Rafael? Pero la serreña insistía: -Lo que tiene que ya no te temo. No tengo miedo ni á conjuros ni á maldiciones. Dios te tome cuenta de los ratos que por oirte pasé. -Si acuello fué broma, broma tan sólo. -Broma... ¡Ja, ja! La muchacha reía de buenas ganas al ver la fingida inocencia de la vieja. Esta, con turbado semblante, procuró abreviar. ¿Me darás u n a limosnita por la salud de los tuyos? Dios te lo pagará. Margarita entró un momento en la casa y salió con pan de trigo y ropa. -Toma, mujer, un refajo y pan para que todas las maldiciones que eches sean como la que á mí me echaste. ¡JS) je ¡Ta zagala, qué burlas me tiene! -Besó el pan con beso flojo. -Has de ser muy feliz y venturosa... ¡No, no! -interrumpió Margarita, -no me digas nada. Anda y que San Pedro te guíe. -Dios te bendiga. La Pilonga, con la cabeza baja, tiró hacia el caserón del Lobato. Era mañana de día de fiesta, y hasta el campo con ofrenda de olores gratos lo quería celebrar. Margarita siguió su faena, y echaba á la criatura dulces miradas. El son de las campanas de Moralejo, subiendo en alas del airecillo serreño por repechos y lomas, llegaba á los oídos de Margarita como ofrenda de futuros bienes. ANTONIO ALC 4 LA VENCESLADA DIBUJOS DE MÉNDEZ BIÍJNGA