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r clavó Hiego los ojos en Margarita, enderezando su cuerpecillo fibroso y seco. Envuelta entre las sombras del crepúsculo, lo mismo parecía el espantajo que para ahuyentar los gorriones y urracas se pone en los huertos, que una figura bíblica que hubiera surgido de la tierra para predecir algún mal. -Yo- -habló con tono profético, -yo te juro que Rafaelillo no ha de poner en ti sus ojos sino pa renegar de tu casta, iamaldecirla como yo la inaldigo. ¡Ojalá... y esos ojillos azules sean siempre dos lagunitas con agua por los desvíos del que tú quieres, y que tu pena dure tanto como la deshonra, que dura loa la vida; que cuando yo pase pidiendo á las buenas almas te vea llorar sin consuelo, y que tus padres se desesperen de no encontrarlo para ti! -dijo rabiosa la vieja, y alzando lentamente el garrote, trazó con su extremo inajestuosa cruz en el aire. -Lo juro- -repitió convencida, tirando vereda abajo por el lado opuesto al que antes traía. Roinpiendo el silencio de la noche se oyó la voz que cantaba de nuevo, y la moza sintió pesar sobre su alma el conjuro de la Pilonga. -No me querrá, no me querrá. Me maldijo la vieja. Lloraba sin consuelo sentada en el poyete, al lado de la puerta. Salió un murciélago de una quiebra del muro, empezando á dar vueltas atolondrado, y á la niña se le figuraba de mal agüero. Al fin vino la madre; sobresaltada, procuró inquirir la causa del llanto de su hija; ella contó su cuita entre sollozos. -Tonta y más que tonta- -decía más sesuda la madre; -si Dios no quiere, no pasará eso. Contra su poder nada hay. -Es bruja, madre; bruja. Me maldijo, y la maldición alcanza á las personas. El murciélago seguía en caprichosos giros su cansino vuelo, y sentada en el poyo, al lado de la puerta, lloraba calladamente la moza. V H 1 u JÍSsijí: J ees el mal de ojo, 5 que el chiquillo de Juana la Arocha murió por tu culpa. La vieja disimuló al momento un relámpago de encono que brilló en sus ojuelos bizcos, y sonreía con unam u e c a que daba miedo. ¿T u padre? Eso es broma suya. Dime, zagala, ¿cómo estás de m a l de querer? Por el Pago se habla de que Rafaelillo anda, á asoma traspon buscando coyuntura para soltarte sus fatigas. No me bajes los ojos, paloma, que no pecas con quererlo. Si fuera malo enamorarse de un hombre, no hubiese persona buena, porque de ese mal nadie se libra y n i u y pocos sanan. -Lo, sé; nadie se libra- -rezongaba muy quedo y suspirando la moza. El sol había ocultado lentamente su nimbo de oro por detrás de las m o n t a ñ a s lejanas; comenzaba el airecillo serreñoá juguetear con las hojas, contándoles historias de, otras tierras; los grillos estregaban desesperadamente sus antenas lanzando el monótono cri cri, y en eLcharcal vecino croaban á coro las ranas. A distancia cantó una voz fresca y varonil; era allá en el pinar. ¿VesP dijo de pronto la vieja insinuante. ¿Conoces esa voz? La de Rafaelillo, tontuela. S í sí, la de Rafaelillo. Pero vete, Püotiga, que no ha de tardar mi padre, que no te quiere ver aquí; vete. Requirió el garrote la gitana, metiendo en gran temor el ánimo de la niña, que ya se veía apaleada; A la otra mañana, seguida de su perro Avión, marchaba Margarita al arroyo para lavar la ropa que á su madre le quedó del día anterior. Las huellas de una mala noche flagelaban traidoras su rostro virginal. A la trepada del caserón del Lobato se detuvo á charlar con la Garbosa, que á la vera de un pradiUo apacentaba una punta de ovejas. Habló la zagala á Margarita de pastos malos, de ovejas esquilmadas y de lobos hambrientos, y las palabras salían de su boca ronceras, lentas y en tonillo cansino. Interrumpió su hablar al coger un chinarro y bolearlo con maestría para guiar á la res desmandada. ¡Sooo! i Campanilla! ¡Chota! Lo moza despidióse con prisas; se le hacía tarde. Tras de corto camino llegó al arroyo. Era éste uno de los muchos que cruzan la sierra para morir en un río. Sus aguas, tranquilas á veces, á veces fieras y barbotantes, peleaban valientes con los riscos y los árboles con protestas de voces y espumarajos. Cuando corría sereno con su eterno glu glu, era puro como un cristal 5 presentaba su fondo de fina arenilla y de liqúenes verdes, y en él, proyectando sus sombras, los lisos juncos y las peluseras espadañas. A trechos se escondía bullicioso y juguetón por bajo los arbustos en maraña, que parecían agarrarse unos á otros para no sei arrastrados por la corriente. Escuetos zarzales, matuscas de adelfa, estériles parrizas, grandes madronas formaban un dédalo inculto por el que vivían, modulando sus aflautados arpegios, los ruiseñores. El mismo arroyo parecía transmitir, á la par que frescura, colorido á cada arbusto: el verde pelú á la adelfa, el esmeralda á la madrona, el rojo arterial á la zarza, el gualdo á la parriza. Margarita, colocando la tabla en una orilla, comenzó el lavado. Estregaba con el mojado jabón la ropa, y la espuma caía en el agua, dándole tono lechoso y formando burbujas de cristal, que corrían presurosas llevadas por la corriente; como ellas, volaban sus pensamientos de infortunio que escapaban de su magín supersticioso. Luengo tiempo llevaba la moza en la faena, y al ir á tender la ropa ya limpia, buscó una sombra para descansar. La vigilia de la noche pasada hacía surgir