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n J k anifi i A sobre una pata, soñando, en las nebulosidades de su cerebro de bestia, con los países remotos, donde debía estar de ser otra su suerte, no reposaba mucho tiempo, pues de pronto algún chillido femenil la despertaba con sobresalto, y entonces se enteraba de que su contorno blanco é imprevisto había asustado a u n a visita, á una desmemoriada sirviente. Entrar en la sala, en el comedor, en el despacho le estaba prohibido por completo, y sólo en la cocina, ante el minero chorro de la fuente, la cigüeña mitigaba sus amarguras, viendo caer aquel agua que la traía recuerdos del lago natal, d é l a s anchas sábanas tersas y brillantes, bajo las que pasan los veloces peces y nadan las substanciosas ranas. También este consuelo se lo arrebató ia terrible deidad que presidió su natalicio. Un día, día triste entre todos, la señora del ingeniero dictaminó que la cigüeña no debía estar en la casa más tiempo, y la mandó al sótano. El sótano era como una mazmorra, y en él hubiera perecido la cigüeña, cual Radamés, á no ser porque el narrador, enterado casualmente del suceso, se la pidió á los holandeses para tenerla en su jardín. Los holandeses, que se marchaban fuera, se la regalaron gustosos, y al presente la cigüeña vivía feliz. Su dueño explayóse en consideraciones sobre las condiciones morales del bicho. Era más fiel que un perro; seguía á su amo por todos sitios, y demostrando que las cigüeñas no son, como se cree, animales de genio serio y poco amigo de bromas, la zancuda aquella hacía gala de un carácter alegre y chancero, y á lo mejor ejecutaba unos bailes y saltos muy regocijados, ó maliciosa como una ninfa escondíase entre los árboles del jardín, ó la emprendía contra los libros y periódicos de su señor, pues el rasgo más simpático de tan inteligente ave era un profundo horror á todo papel impreso. Ver uno, cogerlo y destrozarlo, era simultáneo. Indudablemente, entre sus antecesores egipcios, htrbo alguna cigüeña amiga del incendiario dé la Biblioteca Alejandrina. Mas, aparte de estos disculpables destrozos, la zancuda era un alma de Dios, y su amo la apreciaba mucho y esperaba que dada su existencia presente, tranquila y beatífica, la cigüeña viviría muchos años. Bajo tan apacibles augurios nos separamos del apreciable animal y de su señor. Al cabo de unos cuantos meses pasamos otra vez junto al hotel. Como somos grandes admiradores de los animales, el recuerdo de la cigüeña había perdurado en nuestra memoria; nos detuvimos ante el jardín, rebuscamos entre los árboles, nada vimos. I a silueta blanca, evocadora de lejanos jeroglíficos, no estaba. En esto salió el dueño de la casa. ¿Y la cigüeña? -preguntamos sin más preámbulo. ¡Ah! Es usted, caballero- -respondió el señor tristemente; -ya le recuerdo. Vino usted un día, avió usted... Su voz tembló algo al decir esto. ¿Se ha escapado? ¿Ha muerto? -Un descuido, una fatal imprevisión- -habló el señor aquel. -Tenía un ala cortada y nos olvidamos de volvérsela á recortar. Las plumas crecieron, crecieron... y un día, un día de otoño, se echó á volar. Se conoce que el instinto... ¿sabe usted? Como son aves etnigradoras- -explicó el caballero, disculpando á la fugitiva. ¿Y no la ha vuelto usted á ver? -Viva, no señor... la recogí muerta. Ahí está- -y señaló un rincón del jardín. -No voló mucho, no estaba acostumbrada, y allá abajo tropezó con los hilos del tranvía... La electricidad la mató. Cuando yo llegué ya tenía cerrados los ojos... Y de los del hombre se desprendieron entonces dos lágrimas vergonzantes y tímidas que lloraban la pérdida del ave muerta por ir en busca de un sol lejano, de un país desconocido y ardiente donde las de su raza vuelan junto á los esbeltos alminares y las eternas pirámides. MAURin LÓPEZ ROBERTb