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Í W ife. f i PERSONAS Y ANIMALES EL SEÑOR DE LA C I G Ü E Ñ A L pasar junto á la verja del jardín entrevimos, al través de los evónimos y de las espesas celindas, una silueta blanca que se movía Í; Xmelancólica y grave. La extraña apariencia andaba con reposo filosófico. Sus piernas altas, delgadas, secas, avanzaban despaciosas y, á zancadas mecánicas, recorrían siempre el mismo espacio de terreno. Y de vez en vez, el paseante producía un ruido singular, una especie de castañeteo, que hacía pensar en los secos golpes de las carracas cuaresmales. Algo de rojo bermelloneaba entonces, moviéndose sobre la blancura purísima con que se vestía el personaje aquel. Al fin pasó por un claro que dejaban los arbustos, y se le vio claramente. Era una cigüeña; una cigüeña que iba y venía por el jardín. La cigüeña dista algo de ser un ave cortesana, pues aunque su natural no es del todo agreste, y alguna vez convive con los hombres, lo hace en las ciudades chicas, en las poblaciones dormidas, donde los campanarios suben sobre un cielo limpio de humos de fábricas. En Madrid la cigüeña no abunda, y en el dominio de los aires sólo reinan los gorriones y las palomas torreras, aterrorizados ambos por unos cuantos milanos y gavilanes que engordan con tan fáciles presas. ¡Por tal escasez de cigüeñas era aún más extraordinaria la vista de aquel simpático bicho. ¿Qué hacía en elí solitario jardín? ¿Por qué se paseaba con tanta mesura, lejos de la tierra blanda de los pantanos, de las márgenes de las acequias, donde hormiguean ranas y babosas? Parecía el ama del vacío jardín, y sólo la vista de los monumentos próximos, el pitido de las máquinas de una estación vecina, alejaban de nuestra mente la descabellada idea de que la zancuda era algún príncipe hechizado y de que estábamos viviendo en la feliz época del pájaro azul y del gato de las botas. La curiosidad es madre de todos los atrevimientos. Nos llegamos al botón del timbre, llamamos y salió un señor muy amable, muy fino, que contó la historia de la cigüeña. Nunca se conoció animal más infeliz. Nacido en una laguna de Ciudad Real, lo encontraron una tarde, entre juncos y espadañas, con u n ala medio rota. Los chicos, que. hallaron á la aliquebrada cigüeña la cogieron con gran algazara y se la llevaron al pueblo, sin importárseles un ardite de los furibundos castañeteos con que el bicho quería defenderse. Una vez en el pueblo, pasearon de casa en casa su captura, y la cigüeña fué palpada por las manos de todas las comadres, quienes, al encontrarla tan gorda como un pavo, mostraban en sus ojos la chispa de golosa complacencia con que las gentes del campo contemplan todo animal susceptible de ser comido. Y este terrible fin hubiese sufrido la cigüeña á no dar la casualidad de hallarse en el pueblo un ingeniero holandés que había ido allí en busca de minas. Al enterarse el buen señor de cuanto ocurría, sintió que su alma romántica, llena de recuerdos de la distante patria, le ordenaba salvar á la cigüeña, siquiera fuese en memoria de aquellas otras hermanas suyas que, cuando niño, vio volar sobre las herbosos prados flamencos, blanqueando entre la bruma gris, junto á las movibles aspas de los molinos. Total, que el ingeniero habló con los dueños de la cigüeña, que la compi ó, que vendó su herida, y que ya curada, se la trajo á Madrid. Pero ¡ay! las casas de la corte no se hicieron para hospedar cigüeñas. En el piso del barrio de Salamanca donde vivía su salvador, el pobre animal no estaba en su centro. Por más que era la prudencia y la discreción personificadas, siempre estorbaba. Si, escogiendo el rincón más obscuro del pasillo, quedábase allí dormida