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UNA INSTANTÁNEA DE 1840 a Reina doña María Cristina de Borbón regenta el Reino en nombre de su hija doña Isabel. En la casa de D. Pablo, regia mansión de arte industrial, asistió muchas veces el rey D. Fernando y su corte á los conciertos familiares. Entonces vivía la madre, dama bellísima é inteligente, gran arpista, como la Reina. Todas las tardes se congregan en el salón. Julia interpreta las romanzas de los grandes maestros Bellini, Donizetti y Rossini, cantadas con hermosa voz de contralto por Paulina, la hija predilecta. La pequeña Enriqueta empieza también á gorjear su lección de solfeo. D. Pablo, de pie, junto al piano, asiste á los conciertos; sus ojos están llorosos y sonríe tristemente, dirigiendo dulces miradas á las cabecitas juveniles y al retrato de la muerta inolvidable. Un día D. Joaquín Espalter, pintor ilustre de cámara, académico, profesor laureado que frecuenta la casa, desea impresionar un lienzo en pocas horas. Su cuñada, íntima amiga de la pobre muerta, forma grupo. Elámase apresuradamente á Pablito, el niño menor, bullicioso muchacho de cinco años, á quien la vieja rollona no consiguió acabar de vestir. El artista quiere apoderarse de la verdad y reflejar lo que ha visto muchas tardes en el espacioso salón del Paseo del Prado, cuyos balcones se abren á la terraza del pequeño jardín de la famosa Real Platería de Martínez. Pero D. Pablo no es industrial, es un romántico, buen patricio, hombre honrado, amante padre, que no entiende ni quiere entender de cosas mercantiles. Viaja por el extranjero, empeño costoso en aquellos tiempos, acompañado de Paulina y Enriqueta. Paulina es una gran artista que enloquece al público de los salones, pero que no brillará jamás en la escena; inspirará pasiones platónicas á poetas y artistas; los elegantes la galantearán, un anciano sabio morirá besando su retrato, y por fin, se casará con un gallardo militar, nada aficionado á las artes. Dejarán morir, entre todos, la regia platería; irán también muriendo uno á uno. En el jardín, los nuevos dueños de la casa talaron los árboles; cayeron el viejo ciprés y el sauce lloroso, símbolos del dolor y de la poesía de antaño. Sólo perdura la obra improvisada, la instantánea de color, cuya factura admirarán quizá los inteligentes, pero cuyo espíritu solamente percibiremos aquellos que de niños oíamos conmovidos á Paulina cantar la romanza de Schubert, con letra de Lamartine, que empieza: La mort est une amie qui rend la liberte L EL DR. F A U S T O