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-No hay más, excelentísimo duque. -Pues acepto la albarda. Salió con majestuosa pompa el digno representante del Tribtmal, mientras dos alguaciles dejaban delante del duque la herencia del mendigo. Era una costrosa y mal oliente albarda, barnizada por el sudor de dos asnos, el de abajo y el de arriba. -Te admiro, duque- -dijo Francesco; ¿á quién le pondrás eso? ¿Al síndico tal vez? -Decía mi tío el cardenal Giordani de Santa María de pie di Grota: No codicies el don del rico ni desprecies la herencia del pobre. Mi anillo de ópalo, que revela el veneno, si esta vez aciertas lo que estoy pensando. -Zz sencillo: piensas que la broma del tullido poltrón podrá servirte para un soneto. ¿No? Pues esto otro: Ni Carlos ni Francisco tuvieron ningún subdito que les legase á tiempo una albarda. -Por Baco! ¡Qué romo y pesado de entendimiento estás hoy! ¿No has leído el poema de mi maestro Leonardo de Pisa, tío de Niculoso el admirable? En grosera envoltura viene el misterio; en humildes pajas nació el amor, y toda redención rodó por los pesebres. ¡Ay de los que pasan y escupen! Pasan y escupen sobre su misma felicidad -Sí, ahora recuerdo esos chismes de lyeonardo. ¿Qué hay que hacer? -Deshace esa honrada albarda. -Como se ordena. Ya está. Pero entre estas apestosas pajas no topo con ninguna ninfa, ni diosa, ni... ¡calla! Aquí ha 3- algo. Cómicamente solemne) Duque Paolo, las ánimas que vagan solitarias por las llanuras pontinas te han traído este tesoro: una llave. -Dámela. ¿Es de puerta ó de arcón? -De arcón es; apuesto la cabeza de Andrea. -Todavía hay sol. ¿Sabes cuál es la. casa de Jáconie? ¿Casa? Una espelunca en la Judería, junto á las tapias de la huerta conventual de San Francisco. Allí uo hay sino leprosos, ladrones, asesinos, arpías... Uno de los círculos infernales- -Allá vamos. ¡Hola! Mi cota, mi espada y mi capa. El duque y Francesco h m forzado la entrada del casuco de Jácome. No ven j aás que un montón de an drajos, unas escudillas de barro y un viejísimo arcón. -Esta es la prenda dice Francesco. -Esta es. La llave conoce á la cerradura. A b r e duque. -Espera. ¿Acaso el misterio lo bebemos de golpe? -Por mí puede aguardar el misterio. Un hombre que lo ha perdido todo, puede sentarse cómodamente sobre la ajena esperanza. -Ya que eso dices, tú lo has de abrir. Toma la llave. N o puedo. Son dos llaves y dos cerraduras. ¿Y la otra? -Creo que aquí está. Entra una dama vestida de negro, cubierto el rostro con un velo de encaje; una dueña le acompaña. ¡El duque! -Señora, no os conozco, y os esperaba. ¿Traéis una llave? -Esta, señor. -Ya te dije, Francesco, ¡hombre de poca fe! -Señor, fuera os aguardo con esta honrada dueña, si me hace ese honor -Estamos solos, señora; decid á qué habéis venido. -Señor, Jácome el mendigo... ¿Sois su heredera? -Ssa fué su voluntad, y éste es su escrito. Yo le socorría... El me aseguraba que me daría la fortuna. ¿Quién sois? -Beatrice di Santa Croce. ¿Ea hija de Prietro el veneciano... -Del perseguido de la Señoría, del confiscado, del condenado, del maldecido por su amoi- á Venecia. Soy la hija del proscrito, qué pide al ducu -hospitalidad. -Dignaos alzar ese velo, ya que dijisteis vuestro nombre. -Obedezco... ¿Queréis ver mi sinceridad? -He querido ver vuestra hermosura. Señora, somos dos hermanos que heredan á un padre miserable. ¿No? Pues somos dos amantes que quieren abrir el arca del misterio... ¿No os parece bien? ¡Ah, señor, no sé qué diga... Es difícil mi situación. -Es fácil. He aquí un misterio en un arca; el arca tiene dos llaves; una tengo yo, vos la otra. Enlacemos las manos y abramos á un tiempo... así. -Esperad: es que me tiembla la mano. -Y á mí me tiembla el corazón. Beatrice, ¿no soñaste alguna vez con ser tú la señoría de algo que te mereciese? Responde antes de abrir. -No sé... alguna vez he soñado... viendo pasar á un duque. -Abramos. ¿Qué hay? -Oro, señor; plata, joyas también. -Es tu dote. ¿Ea mía? ¿Por qué? -Mi maestro Leonardo, lo ha dicho: ¡Ay de los que pasan y escupen! Pasan y escupen sobre su propia felicidad. ¿Qué rumor es ese? -Señor- -dice Francesco, -como la noche ha cerra do, vino el capitán Jacobo con su compañía de piqueros. Yo, torpemente, le dejé la pista. ¿Hice mal? H i c i s t e bien, y esta sortija de ópalo brillará en tu índice... ¡Hola! capitán Jacobo. Escoltad con todos los honores á la señora duquesa de Ferrara. ¡Viva la duquesa Beatrice di Santa Croce! -Y viva Jácome, que ha m u e r t o -Bien decía el cardenal, mi tío: No codicies el don del rico, ni desdeñes la herencia del pobre... ¡Dichosa albarda! JOSÉ NOGALES DIBUJOS DE AIFNDEZ BRINCA