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REVISTA AÑO XVI 1 MADRID, zS DE MAYO DE jgo NÚM. 838 EL T E R R E M O T O D E L A Ñ O 23oo (En el año 2300 las condiciones de la vida son muy diferentes que en 1907. Ya se verá por esta narración. ¡Los progresos aerostáticos han permitido á la humanidad proveerse de alas mecánicas que la perrniten volar con facilidad sorprendente. I a escena ocurre en una habitación risueña de un piso quincuagésimo primero. E n las paredes, teléfonos novísimos y otros veinte aparatos eléctricos de diverso uso. Una señora de trescientos años, que sólo aparenta sesenta, medita sentada en una butaca. I laman en la ventana. I a señora permanece quieta; vuelven á llamar. l na voz. ¡Abrid cti nombre del Consejo cívico! (La señora anciana oprime un botón elécr trico, y la ventana se abre t o t a l m e n t e Por ella entra, batiendo sus grandes alas blancas, una joven. Llega hasta el centro de l a habitación con las alas todavía abiertas, y allí, con una ligera presión de sus dedos sobre un aparato que orna su pecho como un coselete de orfebrería repliega s u s alas, que caen en graciosa curva h a s t a sus pies, t La Joven. -Señora, soy la inspectora de las salidas. Como todos los habitantes de la ciudad, ha sido usted a d v e r t i d a por el Consejo del inmin e n t e terremoto. Orden á todos los ciudadanos de ret i r a r s e mientras París se replegará sobre sus charnelas contra el suelo; mientras la tierra indócil se calma. Todas las habitaciones de esta casa están vacías ya de habitantes. Se han t r a n s p o r t a d o ya cuantos tesoros contenían para la vida y la alegría de los humanos... y entretanto, está usted ahí, inmóvil... ¿Qué espera usted? El día de hoy será el de un gran triunfo para la ciencia. Temblará la tierra, pero la ciencia lo ha previsto, y el terremoto se verificará sin que la industria humana padezca y sin, que se pierda ni una sola vida... ¿Por qué inconcebible inadvertencia ha puesto usted en la ventana la señal de un viaje individual, cuando su gran edad la aconsejaría tomar el ómnibus aéreo... Además, ¿por qué no se mueve usted? ¿Qué hace aquí? I ashoras corren. Debería usted absorber una fuerte dosis de ácido radiómico; no podrá usted sino manejar lo bastante bien sus alas para volar sola hasta las afueras de la ciudad, y mucho menos hasta la región designada, de antemano, en donde no hay peligro sísmico! ¡Es extraño! Después de trescientos años de existencia, cuando no se puede morir más que por distracción, ha puesto usted, señora, su vida en peligro... La anciana. -No me he distraído. He puesto voluncanaiiiciii. c Í X v nLa, ucj. uiiü señal engañosa. La joven. ¿Por qué? La anciana. -No quiero irme. La joven. ¿Se b u r l a u s t e d del Consejo cívico? No es usted libre de arriesgar su vida. La anciana ¡Déjeme u s t e d! ¡Déjeme! Soy una pobre vieja. La joven. -Ya sé que t i e n e u s t e d más de trescientos años. Procede usted de una época bárbara, de la que por bienestar nos está prohibido hablar. ¡No importa! IYOS individuos de su edad, como todos los demás, pertenecen á la ciudad. Su duración de usted es un dato que utilizan los sabios. Es usted un experimento perp e t u o que aprov e c h a la ciencia. Metchnikoff, q u e tiene cuatrocientos cincuenta y cuatro años, vive todavía, y antes que usted se a p l i c a r á á sí mismo el sistema, o b l i g a t o r i o hoy, que inventó... El Consejo cívico tiene confianza en todos los ciudadanos cuyas facultades intelectuales están intactas, y confiaba en usted; pero es necesaria y lógica la sumisión perfecta y la obediencia individua, á las leyes del organismo, general. Ea rebelión es un crimen, puesto que es absurda. Voy, pues, á cambiar esa señal, y partirá usted en el aéreo que el Consejo destina á los conservados Si no, la denunciaré. Laanciaiía. -Imposible... He cortado los hilos que me unían con la ciudad, entregándome á la vigilancia y al despotismo de esta sociedad mecánica. He