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concha, y, sin embargo, eres un animal que come. Come, pues, de ese pastel ¡oh tortuga! y crece esta noche el tamaño de una uña de mis dedos. Crece ¡oh tortuga! si Alá lo permite. Y cuando hayas crecido esta noche el tamaño de una uña de mis dedos, sigue comiendo otro pastel, y sigue creciendo todos los días hasta llegar á tener el tamaño de una mezquita. Tú eres un milagro; haz otro milagro, si Alá lo permite, ¡si Alá lo quiere! Zobeida, tranquilizada por la monotonía d. e aquella voz, se decidió á sacar primero la punta de su hocico, después sus ojillos negros, su cola gruesa y dura y sus fuertes patitas. Vio el pastel, hizo un gesto de asentimiento y empezó á comer. ¡Bah! será inútil- -dijo el reverendo un tanto turbado. -Ya verás- -respondió Mohamed gravemente. -Volveré mañana. Y en efecto, al día siguiente volvió, midió á Zobeida y exclamó: ¡Ha crecido! Al otro día el reverendo Feathercock se levantó muy temprano, midió la tortuga y observó que seguía creciendo. Bl reverendo permaneció silencioso. Y de día en día Zobeida crecía en dimensiones, en vigor y en apetito. Al principio era de grande como el platillo de una taza de té, y sólo consumía pocas onzas de alimento. Después fué como un plato de postre; luego como un plato sopero. Su boca vigorosa rompía de golpe la corteza de los pasteles, y en una semana adquirió el tamaño de una fuente de pescado. El reverendo no osaba acercarse al monstruo, en cuyos ojos resplandecía un fulgor demoniaco. Las ovejas espirituales del pastor protestante supieron que el reverendo tenía una tortuga encantada por el nombre de Alá, lo cual perjudicó hondamente el crédito de sus sermones. Pero el reverendo rehusaba obstinadamente c r e e r en el milagro de Mohamed, que no había vuelto á poner los pies en la casa, permaneciendo á la puerta de un cafetín sen, tado y meditando. Un día se presentó t j j ante el reverendo y le dijo: I- -jDesgraciado! No has querido creer todavía. ¡Espera! ¡Desde ma Í; ñaua la tortuga empezará á nienguar! ¡Alá lo ouiere! El reverendo trató de reir, y sólo hizo una mueca; Estaba aterrado. El domingo siguiente, los pocos fieles que asistieron á los oficios le miraban desconfiado. s. Todo Damasco supo que Zobeida se había achicado. Cuando iba á afeitarse, el barbero griego le dijo: Señor, esa tortuga está encantada. Cuando fué al orfelinato anglicano, los niños sirios, los niños drusos y los níño. s judíos dibujaban tortugas en las hojas de los libros, v los aguadores, los pescadores y los vendedores de pan, de habas y de pa. steles, gritaban al verle pasar: ¡Míster Tortuga! ¡Míster Tortuga... Mientras tanto Zobeida disminuía diariamente, desde el tamaño de un plato sopero hasta el de un plato de postre; después fué como un platillo de taza de té, y por fin, una mañana apareció como una casita redonda, frágil, translúcida, una mancha pequeñita, como un reloj de señora, casi invisible, j u n t o á la fuente, y al otro día no hubo nada: ni tortuga ni olor de tortuga siquiera. El cónsul de Inglaterra llamó á Mr. Feathercock y le dijo fríamente: -Do mejor que puede usted hacer es marcharse á fundar una misión en otra parte. El reverendo, consternado, tomó el tren de Beyrouth, y aquella misma noche, Mohamed- si- Koualdia se dirigió á la casa de Antonio, intérprete y escribiente público, y le dictó la siguiente carta dirigida al padre Estefano, prior del convento de hierosclimitas griegos: Pueda el cielo florecer tus mejillas con los colores de la salud, venerable padre, y que la felicidad reine en tu corazón. Tengo el honor de participarte que el reverendo John Feathercock acaba de partir con dirección á Beyrouth; pero que en sus maletas va escrita la de Diverpool, villa según mis informes del reino de Inglaterra, y así espero no volverle á ver. Espero también que me envíes la segunda mitad de la recompensa que me tienes prometida, así como u n regalo para Hakem, el boy de Mr. Feathercock, que llevaba todos los días á la casa del reverendo una tortuga diferente debajo de su albornoz. Te ruego igualmente que hagas saber á tus amigos que puedo venderles á precios excepcionales cincuenta y cinco tortugas de diferentes tamaños, desde la mayor que se conoce, hasta la más pequeña, en la cual Alá plugo dibujar los más delica i- i- r- l- líneas. I n o Mll. LE I I DE REGIDOR -H. V; íh V iF W f