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-fc iíf- kVS Jhl j (df EL M I L A G R O DE ZOBEIDA lEMPRE prudente y sabia, Zobeida alargó despacio la cabeza entre dos ramitas de mirto á fin de averigxiar qué clase de gente hablaba junto al surtidor de agua, á la sombra fresca del muro de ladrillo rojo, y cuando vio que era el reverendo Jolin Featíiercock, su señor y dueño, discurriendo como de costumbre con Mohamed- si- Koualdia, se dirigió hacia ellos resuelta, aunque lentamente. Cuando estuvo cerca se detuvo, y diríase, al ver el brillo de sus ojos negros, que los escuchaba atenta. Pero es lo cierto que su minúsculo cerebro, su boca y su vientrecillo, sólo deseaban la pulpa amarilla y perfumada de un pastel colocado sobre la mesa, al pie de las grandes copas casi llenas de la nieve de los sorbetes. Porque Zobeida era una tortuga de la especie ordinaria que se encuentra entre la hierba de los prados, alrededor de Damasco. Mohamed continuaba su historia: ...Por eso te digo ¡oh reverendo lleno de virtudes! que el león que vive cerca de Tabariat era en otros tiempos Un león muy fuerte, un león extraordinario: ei león de los leones. Todavía puede matar un camello de u n zarpazo, y después de hincarle los colmillos en el espinazo, echársele á lomos de un boleo. Por desgracia suya, un día que cazando había derribado una cabra de un bufido, exclamó: ¡No hay más Dios que Dios, pero yo soy tan fuerte como Dios! Y Alá que le escuchaba, Alá el Todopoderoso dijo en voz alta: ¡Oh, león de Tabariat, intenta llevarte tu presa! Entonces el león clavó sus dientazos entre las vértebras de la cabra, detrás de las orejas, para sacudiida y echársela sobre el lomo, y todo fué tan invítil como si tratara de levantar eí monte Dibano; y se cayó y se rompió una pata; y entonces, la voz de Alá resonó de nuevo: ¡León de Tabariat, nunca jamás podrás matar una cabra! ¡Acuérdate! Y así ha sucedido. El león de Tabariat conserva fuerza bastante para arrebatar un camello, á pesar de su cojera, pero es incapaz de hacer el menor daño á un cabritillo recién nacido, desde entonces. -Mohamed- -dijo el reverendo Feathercock con desdén, -esos son cirentos para niños. ¿Rehusas creer que Alá p u e d e hacer- cuanto quiere, y que el mundo entero es un perpetuo sueño suyo? ¿Y tú que eres cristiano, reniegas del sumo poder del Hacedor? -Soy cristiano- -dijo el reverendo con cierto embarazo, -pero desde hace mucho tiempo nosotros los pastores del Occidente civilizado hemos convenido en que Dios no podría, sin desmentirse á sí propio, cambiar el orden natural de las cosas por El establecido cuando creó el universo. Creemos que la fe en los milagros es una superstición buena para vosotros los musulmanes que vi ís en la ignorancia de la Verdad, y para sacaros del error, he venido yo aquí, humilde pastor de la Iglesia reformada. -Invocando el nombre de Alá- -respondió Mohamed con gran solemnidad, -y por virtud de la clavícula de Salomón, podría 3 0 hacer que esa tortuga que nos escucha creciese todos los días el tamaño de una uña. Y al pronunciar estas palabras, hizo un movimiento que obligó á Zobeida á replegar su cabeza bajo el caparazón. -Tú no puedes hacer eso- -dijo el reverendo; -tú, Mohamed, un hombre lleno de pecados, un musulmán que yo he visto borracho... -Yo estaba borracho- -replicó Mohamed, -pero menos que tú. ¿Serías tú capaz de forzar la voluntad de Alá? -prosiguió el reverendo. -Inmediatamente- -dijo Mohamed, mientras cogía á Zobeida y la colocaba sobre la mesa. L, a tortuga, asustada, había- vuelto áreplegarseso- r bre sí misma y sólo se veían los cuadros amarillentos cercados por líneas negras de su caparazón, junto al pastel jugoso. Y entonces Mohamed pronunció lentamente las siguientes palabras: -Tú misma eres un milagro, ¡oh tortuga! Porque tu cabeza es de serpiente, tu cola de rata de agua, tus huesos de pájaro y tu pelo de piedra. Eres un milagro ¡oh tortuga! porque se diría que sólo eras una