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Sucedió en aquella Cuaresma que el maestro Trompeta- -el liombre más apacible del mundo- -tuvo u a altercado en día de vigilia con cierto parroquiano de su herrería, cuyo final fué un rotundo martillazo dado por el maestro. Con este golpe se abrieron para él las puertas de la cárcel. -Son las espinacas- -decía Ricota. -O el potaje de castañas- -opinaba Pulguita. Rondando en torno de la cárcel los dos fieles amigos, tuvieron otro altercado con el alguacil sobre si era ó no lícito disputar en día de vigilia, y como saliese el alguacil descalabrado, los tres buenos amigos y ccmpañeros durmieron en la cárcel, lo cual fué para todos bastante consolador. Enterados del caso muy de mañana el Galán, Tomás Sancho y Toscano el Menor, se desmandaron de palabra con la señora Justicia, por lo que, á la hora de almorzar, ya estaban juntos los seis inseparables de la partida. Mal qiie bien, salieron de aquélla, pues aunque el martillo del maestro era algo pesado, eran muy duros los huesos del paciente. I,o de los otros no fué sino muchachería. Fué, á poco. Ricota á la ciudad para comprar tres cargas de cirios colorados para la fíesta del Corpus. Cayó súbitamente enfermo de unas fiebres palúdicas en que lo mismo se encendía que tiritaba. Desde el hospital escribió que fuesen por los cirios, en un mesón abandonados. Fueron Pulguita y el Galán, como más desocupados, y como bebiesen en el mismo fangal, á medio camino, al hospital se fueron con la tiritona, pensando acabar. Al cabo de cuatro días, todos estaban instalados en la sala de San Antonio, cuarta de Medicina, brincando con el paludismo. Todos, quise decir los seis amigos, pues no dejaron de acudir á la necesidad y al negocio los tres que en el pueblo habían quedado de segunda tanda. Y así, juntos, inseparables, trabados y enclavijados como unos dados con otros, fueron siguiendo las peripecias de su vida, -condenados á cadena perpetua por aquella maldición gitana... í. o gordo fué cuando el maestro falleció de un arrebato de la sangre, producido delante de la fragua. I,o s cinco supervivientes temblaron espantados, y Ricote propuso ir á escopetear á la bruja en su propia caverna. No logró consumar al crimen, porque nueve días andados, Ricote expiró, ahogado por una pipa de sandía que se fué por mal cfimino. Así, en pocos mesas, fueron muriendo los de la alegre partida. No quedaba, al cabo de un par de años, sino el terrible Pulguita, y éste, en ocasión de hallarse postrado por un tabardillo, salióse como loco de su cama, pidió á grandes voces su vestido de chino mandarín, y, al son de los menudos cascabeles que acompañaban su agonía, dijo, tambaleándose, á cierto fantasma que él solo veía: -Por estas que son cruces, por todas tus me- tiras y por estos tres salivajos que te escupo, así, así, así, que sueltes el nudo de la cadena que hizo en su fragua el maestro, encendiéndola con tres cargas de cirios colorados... y me lleves con ellos, que me están tirando y me parten los huesos. de tanto tirar. Gracias, cernícala. Ya se afloja esto y siento que me voy... ¡Adiós! Y se fué con los suyos el último condenado JOSÉ N O G A L E S DIBUJOS DE MFNDEZ DIÍINGA