Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
el punto de que al cerrar ésla sus salones, que fueron emporio de las ciencias, las artes y las letras, y al retirarse de ia vida social, le retuvo á su lado, di- fleibont, el ríustico filósofo que no qui e hacer 1 fe prueba, viviendo dichoso cou su confianza ó con su despreocupación. Cierto es que en este punto nada tenía que echarle en cara su colaborador. Lafontaine, casado por complacer á su padre con la joven y coqueta María de Hericourt, cuando era advertido de que algún sujeto ga; lanteaba á su esposa, limitábase á responder, también tranquila y filosóficamente; Dejadlo, dejadlo, que ya se cansará de ella como me he cansado yo. El fabulista insigne, como algunos moralistas de su tiempo y de otros tiempos, tenía por lema el Haz lo que yo digo, y no lo que yo hago En su poesía Las confesiones indiscretas escribió estos versos; íl, e noeud cVhyraen doit etre respecté: veut de la foi, veut de l honneteté y casi á renglón seguido agregó, en un arranque de sinceridad: Je donne ici de hcaux con. íeils sans doiite, les ai- je pr! s pour inoi- ineme? Hcla. s! Non. ciendo que sólo conservaba su perro, su gato y Lafontaine y aunque su bienhechora y la Champmeslé se odiaban por rivalidades amorosas, él, según la frase de Geruzer, uno de sus biógrafos, cuando el salón de Mme. de LaSabliére le parecía demasiado grave y ceremonioso, iba á solazarse á casa de la Champmeslé, y mientras que Racine aleccionaba á aquella gran actriz, ayudaba al marido de ésta en la composición de algunas comedias. Xafontaine, que había. traducido en. verso muchos c u e n t o s d e Boccacio y del Ariosto, y que había compuesto á su imitación algunos otros no menos picarescos y atrevidos, propuso un día á su colaborador un asunto para hacer una comedia en un actu que hubiera tenido por una burla intolerable cualquiera otro más susceptible que el complaciente y despreocupado esposo de la Champmeslé. La copa encaníada había, de titularse la comedia, y el encanto de la copa consistía en cierta virtud mágica de fuerza irresistible para poner á prueba la fidelidad de, las mujeres; sólo aquellos maridos que bebieran el vino vertido en la copa encantada, sin que se derramara una sola gota, podían quedar tranquilos y satisfechos. A este asunto, que Ivafontaine había tomado del canto del Orlando furioso, de Ariosto, y que en cierto modo recordaba la prueba de las aguas de celotipia, de que habla el Antiguo Testamento, había de unirse, para hacer la comedia, una sencilla intriga, asimismo tomada de un cuento de Boccacio, Los gansos del: hermano Felipe, que Lafontaine había también traducido en verso y publicado en uno de sus libros de Cuentos y novelas Pronto estuvo acabada la obra, y se estrenó en el teatro Francés el viernes i6 de Julio de 1688, con tan buen éxito, que tiivo en aquella temporada 23 representaciones; con ella comenzó la siguiente, y fué luego muchas veces puesta en escena como obra del repertorio predilecto del p. úblico, habiéndose hecho numerosas ediciones de ella y figurando en casi. todas las colecciones de las obras de Lafontaine. ni Si Champmeslé, que, como dicho queda, era poeta y comediante, tomó parte en la representación de La copa encantada, bien pudo encargarse del papel de Champmeslé, á pesar de todo, guardó á la memoria de su mujer singular afecto, como lo demostró en las extrañas circunstancias de su muerte, ocurrida á los tres años de haber aquella fallecido. Champmeslé fué á la iglesia de los franciscanos para que dijeran dos misas, una por el alma de su madre y otrapor. la de su esposa, y entregó al sacris tan una rnoueda. de treinta sueldos. -Sobran diez- -le dijo el sacristán. -En ese caso- -replicó Champmeslé, -que digan una misa: auás y esa... será por mí. Oyó las tres misas devotamente; salió de la iglesia, fué á reunirse con algunos de sus compañeros, en la taberna de la Alianza, que estaba cerca del teatro, y alli, convidando á comer á uno de aquellos, murió repentinamente. IV El reciente estreno en el teatro de la Zarzuela de La copa encantada, arreglada á nuestra escena con singular acierto por D. Jacinto Benavente y avalorada con lindísima música del maestro Lleó, presta oportunidad á estos recuerdos anecdóticos, en que figuran ingenios tan peregrinos. Ariosto, Boccacio, Lafontaine, Champmeslé, Benavente... Pocas veces se verá una obrita en un acto que tenga tantos y tan buenos progenitores. FELIPE PÉREZ Y GONZAlSEZ DIBUJOS DE MEDINA VERA